jueves, 19 de abril de 2018

La Orden de los Lazos de Amor



Los Saboya fueron en su origen una familia de grandes terratenientes. En el siglo XI fundaron la Casa de Saboya en esa región del Sacro Imperio Romano Germánico —repartida entre las actuales Francia, Italia y Suiza— con el borgoñón Humberto I Biancamano como primer conde. Con el tiempo acrecentaron sus dominios, bien fuera mediante una buena política matrimonial, por herencia o con sus conquistas en batalla. Fueron despreciados por las familias reales de toda Europa y, sin embargo, a ellos acudieron los reyes en busca de esposa durante casi mil años. Desde el siglo XIX, la Casa de Saboya llegó a ostentar la corona de Italia y, durante un par de años, incluso la de España con Amadeo I. 

Uno de esos Saboya, enamoradizos, piadosos y anhelantes de gloria, fue Amadeo VI, el llamado Conde Verde, cuyo prestigio hizo de él un preciado árbitro en cuantos conflictos enfrentaron a las diversas potencias italianas a mediados del siglo XIV. Amadeo debía su sobrenombre a su gusto por los torneos, en los que participaba portando armas y banderas de color verde. Tan buena fama le reportaron estos hechos de armas, que decidió continuar vistiendo de verde de forma habitual, incluso fuera de la palestra. 

No era menor el éxito del conde entre las damas, una reputación que hizo que se tejieran diversas leyendas, alguna de ellas en torno a la Orden que él fundó, llamada inicialmente del Collar y después, a partir de 1434 —por decisión de Amadeo VIII, primer duque de Saboya—, se llamó della Santissima Annunziata. Sin embargo, también es conocida como la Orden de los Lazos de Amor, y una vieja crónica nos describe su fundación del modo siguiente: 


“Amadeo VI, conde de Saboya, llamado el Verde, habiendo recibido de su dama el regalo de un brazalete hecho con sus cabellos, trenzados y unidos en forma de lazos de amor, fundó la Orden de los Lazos de Amor. La primera ceremonia tuvo lugar el día de la fiesta de San Mauricio, patrono de Saboya, el 22 de septiembre de 1355. La Orden constaba de 15 caballeros y dispuso que él y sus sucesores, primero condes y después duques de Saboya, fueran siempre los jefes, soberanos y grandes maestres de la Orden. El collar estaba hecho de rosas esmaltadas en rojo y blanco, unidas una a otra con un doble lazo de seda, del color del cabello entregado por la diosa Venus; dentro de estos lazos de amor había entrelazadas estas cuatro letras: F.E.R.T., que significan “Frayez, Entrez, Rompez Tout” (Abrid, Entrad, Romped Todo). Divisa que debe entenderse como expresión del deber de un valeroso caballero tanto en la defensa como en el ataque. Al final del collar colgaba un medallón de forma ovalada esmaltado también en rojo y blanco con la efigie del caballero San Mauricio montado a caballo.” 

El pasaje, sin embargo, resulta cuestionable, y el año de la fundación puede más bien situarse entre 1362 y 1364. En este último año Amadeo participó con otros 14 caballeros en un torneo en Chambéry luciendo un collar en el que se leía la enigmática palabra FERT. 

Son muchas las interpretaciones que se han querido dar a estas letras. Según una opinión, F.E.R.T. significa Fortitudo ejus Rhodum tenuit (su fortaleza sostuvo a Rodas), en recuerdo a la acción heroica de Amadeo V el Grande cuando consiguió que los sarracenos levantaran el sitio de Rodas. Otras alternativas para explicar el significado son: 

Estatua del Conde Verde frente al ayuntamiento de Turín

Foedere et Religione Tenemur (Estamos obligados por tratado y por la religión). 

Fortitudo Eius Rempublicam Tenet (Su fortaleza preserva el estado). 

Fides Est Regni Tutela (La fe es la protectora del reino). 

También se ha propuesto que las letras forman la palabra latina “fert”, que significa “sufre” o “soporta”, en alusión a Jesús y los pecados del mundo, o al espíritu de resistencia de la Casa de Saboya. 

Otros han querido ver en ellas Fors Eius Romam Tenuabit (su fuerza destruirá Roma), relacionado con los orígenes de la Casa de Saboya, cuando el legendario Humberto Biancamano se vio obligado a recibir la investidura feudal por el emperador del Sacro Imperio Romano tras la negativa de la Santa Sede. 

En el siglo XVIII un pasquín dio un significado satírico al lema: Fœmina Erit Ruina Tua ( la mujer será tu ruina ), referido al matrimonio morganático celebrado en 1730 entre Víctor Amadeo II con su amante Ana Carlota Canalis di Cumiana, una de las damas de su madre. Víctor Amadeo abdicó, pero un año después se arrepintió de su decisión y trató de recuperar el poder. Su hijo lo hizo trasladar al castillo de Moncalieri y la esposa fue encerrada en una prisión para prostitutas. 


En cuanto a los lazos de amor (nudos en forma de ocho) son un símbolo de unión, pues el Conde Verde aspiraba a fomentar la fraternidad entre los grandes señores feudales para evitar tantas disputas y querellas particulares. De hecho, las diferencias entre ellos debían ser resueltas por la propia Orden. Los quince caballeros podrían ser una evocación de los quince misterios del Rosario, dada la particular devoción de Amadeo VI por la Virgen del Rosario. Y las rosas se inspiraban en la Rosa de Oro que el papa Urbano V entregó al conde. El diseño del collar fue sufriendo alteraciones y variaciones, quedando el medallón formado por tres nudos y una imagen de la Anunciación que sustituía a la de San Mauricio. 

El Conde Verde no llegó a componer los estatutos; fue Amadeo VIII quien lo hizo, y más adelante el duque Carlos III dotó a la Orden de otros nuevos. 

El gran maestre era el jefe de la Casa de Saboya y el único que elegía personalmente a los caballeros que formarían parte de la Orden. En un principio era obligatorio ser de origen noble y ostentar alguna de las más altas dignidades para poder convertirse en miembro, valorándose los logros tanto con las armas como con las letras, pero en 1869 el rey Víctor Manuel II decidió admitir también a plebeyos, siempre que hubieran rendido algún importante servicio a la Corona. 

Existe una distinción dependiendo de si los caballeros son italianos, en cuyo caso ostentan dos collares, o extranjeros, que sólo cuentan con uno y no pueden lucir el llamado Gran Collar. Este, a diferencia del pequeño, debe ser devuelto a la muerte del propietario, y es utilizado después por un nuevo miembro. Los caballeros tenían que llevarlo siempre, y no podían ingresar en otra Orden. Además, debían entregar un cáliz y algunos ornamentos sacerdotales a la iglesia de Pierre-Chatel, cuya fundación ordenaba el testamento del Conde Verde. Para el mantenimiento de esta iglesia, era preceptivo que cada uno dejara a su muerte 100 florines. Los herederos recibían el mandato de celebrar cien misas por el descanso de su alma, y los demás miembros de la Orden estaban obligados a asistir a la que se hacía allí por el difunto, vistiendo un manto que primero fue blanco y después negro. El que utilizaban en otras ceremonias era rojo, bordado con lazos de amor en oro. Con posterioridad fue azul, forrado de tafetán blanco, y finalmente amarillo. 

La familia de Víctor Manuel III

Las asambleas tenían lugar en la cartuja de Pierre-Chatel, donde se enterraban los caballeros, pero a partir de 1600 se trasladó el Capítulo a la iglesia de Santo Domingo en Montmélian, y en 1627 a la ermita de los Camaldulenses 

Los caballeros gozaban de numerosos privilegios: entre otros, estaban exentos del pago de impuestos. Además, se les permitía tutear al rey, al que consideraban su primo, y de ahí que recibieran el tratamiento de Excelencia. 

Desde que Italia se convirtió en república en junio de 1946, la Orden permanece aún bajo la jurisdicción del jefe de la Casa de Saboya, que continúa siendo su Gran Maestre. 



domingo, 15 de abril de 2018

EL LEÓN DUERME ESTA NOCHE


Shaka fue un importante rey zulú fallecido en 1828. Bajo su mando, los zulúes dominaron un imperio militar que se extendía por la actual Sudáfrica. En octubre de 1827, a raíz de la muerte de su madre, Shaka enloqueció y comenzó a dar órdenes que llevaban a la más absoluta devastación: prohibió beber leche y plantar cosechas durante el año siguiente, las mujeres que esperaban un hijo tenían que ser asesinadas junto con sus esposos e hizo ejecutar a siete mil personas que no habían guardado suficiente luto según su criterio. Incluso hizo sacrificar vacas para que los terneros conocieran también el dolor de perder a una madre. 

La situación se hizo insostenible y el en otro tiempo gran monarca fue asesinado por tres hombres enviados por sus hermanastros. Su cuerpo fue arrojado a un pozo que después se cubrió con piedras y lodo, sin que se conozca con toda certeza su emplazamiento exacto. 

Debido a esos nefastos últimos meses de vida, hay en la cultura zulú una corriente crítica que lo considera un monstruo depravado, pero muchos aún lo reverencian y recuerdan los buenos años, como en esta canción de alabanza tradicional: 

Él es Shaka el inquebrantable,
El que truena mientras está sentado, hijo de Menzi.
Es el pájaro que caza otras aves.
El hacha de batalla cuyo filo sobresale sobre otras hachas de batalla.
Él es el perseguidor de largas zancadas, hijo de Ndaba. ,
Quien persiguió al sol y la luna.
Él es el gran estruendo como las rocas de Nkandla
Donde los elefantes se refugian
Cuando los cielos fruncen el ceño .



Con el tiempo, la figura de Shaka pasó a identificarse con el león. En 1939 el zulú Solomon Linda grabó en su lengua la canción Mbube (el león), conocida en español como “El león duerme esta noche”, y que hoy algunos consideran inspirada en el difunto rey. 

Antes de que transcurrieran diez años, la canción había vendido 100.000 copias en Sudáfrica, y llegó a ser tan popular que la música coral zulú pasó a llamarse “música Mbube”. En 1961 George Weiss le puso letra en inglés y fue interpretada por los Tokens con el título The Lion Sleeps Tonight. Pronto se convirtió en número uno en la lista de éxitos, pero ello no sirvió para enriquecer a su compositor zulú, que moría en la miseria al año siguiente. Con sólo el equivalente a 22 dólares en su cuenta bancaria, su viuda no pudo permitirse ni siquiera poner una lápida en su tumba. 

Hoy traemos esa versión original africana con la voz de Miriam Makeba.



lunes, 4 de diciembre de 2017

Roma escatológica


Uno de los aspectos menos agradables de las 144 letrinas públicas que llegó a haber en Roma durante el Imperio era el xylospongium, es decir, una esponja sujeta a un palo y que los usuarios compartían; pero había otros inconvenientes aún más dramáticos para el aguerrido romano que sentase allí sus posaderas. Uno de ellos era el que procedía de las ratas y culebras que vivían en el sistema de alcantarillado y que podían subir y morder sus carnes. Esto era ciertamente desagradable, aunque no tan peligroso como exponerse a las llamas por la acumulación de metano, capaz de producir una explosión. Digamos, pues, que un romano se jugaba la vida al sentarse en las letrinas.

No es de extrañar, por tanto, que aquellas gentes trataran de precaverse contra cualquier desagradable eventualidad recurriendo a hechizos y símbolos que escribían o dibujaban en las paredes. Creían que la risa podía expulsar a los demonios que allí habitaban, por lo que a veces los arqueólogos han encontrado caricaturas. Otras veces era una imagen de la diosa Fortuna la que guardaba el lugar, y los usuarios, si no llevaban demasiada urgencia, se detenían a orarle. 

Como se puede imaginar, por muchas precauciones higiénicas que se trataran de tomar, las letrinas tenían que estar llenas de bacterias, lo que propagaba epidemias como el tifus o el cólera. Afortunadamente la mayoría de la gente contaba con instalaciones en su propio hogar, no conectadas con el sistema de alcantarillado, con lo que evitaban a las ratas. Pero tampoco resultaba un espectáculo idílico, puesto que se situaban junto a la cocina donde preparaban la comida, como se ve en la imagen. La mezcla aromática debía de ser impresionante.


Típica cocina romana con la letrina a la derecha 

A las deficientes condiciones higiénicas se unían las excentricidades de la medicina de la época. Los médicos romanos hacían cosas tales como recoger la sangre de los gladiadores muertos y venderla como medicina para curar la epilepsia. Peor aún: otros les sacaban el hígado para comerlo crudo en nueve dosis. En cuanto a los gladiadores vencedores, su sudor se envasaba en frasquitos y se vendía como afrodisíaco a las mujeres, o bien se elaboraba con él una crema facial que, supuestamente, las hacía irresistibles para los hombres. 

Para los enfermos resultó muy frustrante que dejara de haber combates, pero los médicos encontraron entonces otro remedio y comenzaron a recetar sangre de prisioneros decapitados.

Tampoco resultaba muy higiénico y saludable aplicar excrementos de cabra a las heridas. Según Plinio, los mejores se recogían en primavera y se dejaban secar, pero en caso de emergencia servían también frescos. El lector podría pensar, tal vez, que no hay cosa peor, pero se equivocaría; la hay: los conductores de carro los hervían y les añadían vinagre, o bien los molían y los mezclaban con las bebidas. Se suponía que proporcionaban mucha energía. Plinio afirma que el propio Nerón los bebía cuando quería reunir fuerzas para llevar un carro.

En realidad no debía de resultar tan difícil para un romano vencer los escrúpulos hacia los excrementos si tenemos en cuenta que utilizaban orina, tanto humana como animal, para blanquear los dientes. Esta tenía, además, otros usos: por ejemplo como fertilizante de la fruta, o para lavar la ropa o curtir el cuero. La orina se compraba y Vespasiano dispuso que al hacerlo se pagara un impuesto por ella. Algunos talleres tenían a la entrada recipientes en los que la gente podía aliviarse, y luego recogían el contenido que servía para su negocio.


No eran estas cuestiones las que hacían vomitar a los romanos, sino los banquetes de los más acaudalados, que a veces consistían en llenar el estómago hasta casi reventar. Séneca cuenta que cuando ya no quedaba espacio para más, vomitaban para después poder seguir comiendo y embriagándose. Es igualmente curioso que no se retiraran para hacerlo en privado, sino que utilizaban recipientes dispuestos a tal efecto en torno a la mesa, y a veces lo hacían directamente en el suelo. Un esclavo se ocupaba de limpiarlo. 

Los romanos eran, en general, pudorosos. Tenían inhibiciones sexuales y límites muy estrictos al comportamiento que consideraban socialmente aceptable. Por ejemplo, después de la noche de bodas una esposa decente no debía permitir que su marido volviera a verla desnuda, y dejarse ver ligera de ropa por otro hombre podía implicar un comportamiento próximo al adulterio, incluso al incesto si el hombre era de la familia. Sin embargo, así como no tenían pudor para defecar en compañía o vomitar en público, tampoco lo tenían para llenar sus ciudades de arte abiertamente erótico. 


Cuando se descubrieron las ruinas de Pompeya, algunos de los hallazgos resultaron tan embarazosos para la gente del siglo XVIII que permanecieron encerrados en una habitación secreta durante mucho tiempo. Los pompeyanos llenaban de graffitis obscenos las paredes y ofrecían al visitante, como si fuera la cosa más natural, la estatua de Pan asaltando sexualmente a una cabra. Para indicar la ubicación del burdel más próximo encontraban adecuado como señal un pene con la punta en dicha dirección. 

Esto no representaba ningún escándalo para ellos. Por el contrario, a veces hombres y mujeres llevaban amuletos de bronce en forma de pene en torno al cuello, por considerarlo un símbolo protector. Y, como tal, se dibujaban en lugares peligrosos para conjurar el mal. 

Parece que eran igualmente desinhibidos a la hora de hacer un “calvo”, y que no siempre elegían la ocasión más adecuada, según nos narra Flavio Josefo al describir unos disturbios que tuvieron lugar en Jerusalén en el año 66. Era la Pascua de los judíos, y los soldados romanos tenían que mantenerse alerta por si había alguna revuelta. Su misión era mantener la paz, pero uno de ellos, “levantó la parte de atrás de su ropa, se giró de espaldas, y con las posaderas hacia ellos se agachó de modo indecente y emitió un sonido maloliente hacia donde estaban ofreciendo un sacrificio”.


Los judíos, como era de esperar, se enfurecieron. Exigieron el castigo del insolente y comenzaron a arrojar piedras a los soldados romanos, que tuvieron que pedir refuerzos. Así fue como comenzaron unos disturbios de grandes proporciones en Jerusalén. Al llegar los refuerzos, el pánico produjo una estampida fatal que causó más de mil muertos.


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http://www.iflscience.com/technology/talking-heads-what-toilets-and-sewers-tell-us-about-ancient-roman-sanitation/



lunes, 27 de noviembre de 2017

CASTILLOS DE EUROPA


LICHTENSTEIN, ALEMANIA

El castillo de Lichtenstein está situado en los montes Suabos, cerca de Stuttgart. No es muy antiguo: se construyó en el siglo XIX sobre los restos de uno medieval. En la actualidad tiene propietarios: los duques de Urach, pero permanece abierto al público.


CASTILLO DE BRAN, RUMANÍA

Situado en Transilvania, es conocido como el castillo de Drácula, por ser en el que se inspiró Bran Stoker para escribir su novela. Sin embargo, Vlad Dracul nunca vivió allí, aunque parece que pasó dos días encerrado en las mazmorras. En el siglo XX el castillo fue la residencia de verano de la reina María de Rumanía. Hoy día sigue en manos de los Habsburgo.



EILEAN DONAN, ESCOCIA

¡Cuántas películas se rodaron aquí! Braveheart, Highlander, El Señor de Ballantrae, La vida privada de Sherlock Holmes, The World Is Not Enough… Eilean Donan se erige sobre una pequeña isla en el lago Duich, en el noroeste de Escocia. Los pictos tenían allí un viejo fuerte para defenderse de los ataques vikingos, y sobre él hizo construir el rey Alejandro II el actual castillo en el siglo XIII. Sus piedras contemplaron decisivos episodios de la historia de Escocia, y tras unirse esta corona a la de Inglaterra, se convirtió en residencia del clan McRae, que aún es su propietario.



ALCÁZAR DE SEGOVIA, ESPAÑA

Se sabe que ya existía en el siglo XII, y que probablemente es muy anterior, aunque su aspecto actual se debe a Felipe II. Construido como fortificación, este castillo fue también palacio. Muchos episodios de la historia de España transcurrieron entre estos muros, como la proclamación de Isabel la Católica Hoy el alcázar es un museo.



CHENONCEAU, FRANCIA

Chenonceau data del siglo XVI y es uno de los castillos del Loira. También recibe el nombre de Castillo de las Damas, porque fue construido por una mujer: Katherine Briçonnet, y embellecido sucesivamente por Diana de Poitiers y Catalina de Médicis. Otra mujer, Madame Dupin, lo salvó de los rigores de la Revolución. También quienes residieron en él fueron mujeres, entre ellas la reina Luisa de Vaudemont, esposa de Enrique III, cuya habitación, en el segundo piso, sigue manteniendo el duelo por su marido asesinado. Hay otra habitación dedicada a las hijas y nueras de Catalina de Médicis, una de las cuales fue María Estuardo. La estancia es conocida como La habitación de las cinco reinas. Hoy el château está en manos privadas, aunque se puede visitar.



BODIAM, INGLATERRA

Situado en Sussex Oriental, fue construido en el siglo XIV, en plena Guerra de los Cien Años, para defenderse de una invasión francesa que finalmente nunca llegó. Durante la Guerra de las Dos Rosas, la familia propietaria era partidaria de los Lancaster, la rosa roja, por lo que fue sitiado por Ricardo III. Está rodeado de un foso alimentado de manantiales y que se salva mediante un puente muy evocador en el que aún parecen resonar los cascos de las cabalgaduras galopando sobre la madera. En la actualidad es un monumento protegido, legado por Lord Curzon al National Trust en 1925 y abierto al público.



GUAITA, SAN MARINO

Se trata de la más antigua de las tres fortalezas construidas sobre el monte Titano. Data del siglo XI, y fue una prisión hasta bien adentrado el siglo pasado. Tuvo su época de esplendor en el siglo XV, cuando San Marino estaba en guerra contra los Malatesta de Rimini. Fue reconstruido en esa época.


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sábado, 4 de noviembre de 2017

Una impostora llamada Mary Carleton


Mary Carleton nació en Canterbury el 11 de enero de 1642. Hija de un corista de la catedral, durante su infancia y adolescencia fue voraz lectora de novelas y libros de caballería que dispararon su imaginación y sin duda acabarían influyendo en el rumbo aventurero que iba a decidir dar a su vida. Su memoria era excelente, y se complacía en repetir fragmentos de sus obras favoritas.

Se casó con un zapatero llamado Thomas Stedman, con el que tuvo dos hijos que no superaron la infancia; pero su marido le parecía bien poca cosa para el alto concepto que tenía de sí misma, de modo que, al ver que era incapaz de complacer sus extravagancias y sufragar los lujos a los que le hubiera gustado entregarse, lo abandonó para trasladarse a Dover. Allí contrajo nuevo matrimonio con un cirujano, lo cual fue motivo de su arresto y proceso por bigamia en Maidstone.

Logró ser absuelta y se dirigió a Colonia, donde mantuvo una breve relación con un anciano aristócrata que le hacía valiosos regalos. El caballero pretendía desposarla y había comenzado a hacer los preparativos para la boda cuando Mary, para no volver a ser arrestada por la misma causa, huyó de Alemania con todos los regalos y el dinero del que pudo apoderarse. Desde allí pasó a su Inglaterra natal pasando por los Países Bajos. En Amsterdam vendió una cadena de oro, algunas joyas y la medalla que el pobre anciano había recibido por sus buenos servicios contra el rey Gustavo Adolfo de Suecia.

De regreso en Londres en 1663, se hacía pasar por una tal princesa van Wolway de Colonia. Afirmaba que su padre era Enrique van Wolway, doctor en derecho que ostentaba el título de señor de Holmstein y era príncipe soberano del Imperio, no sujeto a hombre alguno excepto a Su Majestad Imperial. Decía que ella había tenido que refugiarse en Inglaterra huyendo de un amante excesivamente posesivo. Tenía la habilidad de llorar cada vez que le resultaba conveniente, y era tan buena actriz que convencía a todo el mundo. 


Bajo esa identidad aceptó la propuesta matrimonial de John Carleton, cuñado del dueño de la posada en la que solía alojarse. Se casó con él, no sin antes dejar patente lo reacia que se sentía a unir su vida a la de un plebeyo. El marido no cabía en sí de gozo al verse aceptado por tan alta princesa; el iluso se arrojaba a sus pies y hacía uso de toda su capacidad oratoria para mostrarle su gratitud por el gran honor que se le hacía. Pero de pronto algo terminó súbitamente con su transporte amoroso: una carta anónima dirigida al dueño de la posada dejaba al descubierto todas las mentiras de Mary:

“Señor, soy un completo desconocido, aunque el sentido de la justicia y la humanidad me obligan a comunicarle que la supuesta princesa […] es una impostora. Si le digo, señor, que ya se ha casado con varios hombres en nuestro condado de Kent, y después se ha fugado con todo el dinero del que pudo apoderarse, no digo más que lo que podría probarse si compareciera ante los tribunales. Puede estar seguro de que no me equivoco con la mujer […]"

Al ser juzgada por su impostura, Mary negó los cargos y se defendió diciendo que el impostor era el propio John, quien había afirmado ser un aristócrata, y que ahora la denunciaba para librarse de ella al descubrir que estaba arruinada. Su esposo trataba así de evitar un divorcio que sería deshonroso para él. 

Mary tuvo la suerte de que el tribunal la creyera y decidiera absolverla. Después, aprovechando la popularidad que había ganado con el nuevo proceso, escribió, o más bien encargó escribir, su propia historia: El Caso de la Señora Mary Carleton. Convertida en actriz, también protagonizó una obra de teatro sobre su vida que llevaba por título La Princesa Alemana y que terminaba con este epílogo:


He sido absuelta por un tribunal, pero es mi temor
Que recibiré aquí una severa sentencia:
Pensáis que soy una osada embustera, pongamos que lo sea,
¿Cuál de vosotros no lo es? Podéis jurar que lo sé.
No me censuréis, no vaya a ser que vosotros
Merezcáis peor censura que yo;
El mundo es una farsa, y quienes nos movemos en él,
En mayor o menor grado ejercitamos nuestro ingenio;
Y es mejor llevar un nombre glorioso, aunque inventado,
Que vivir una vida oscura.

Mary se hizo con un buen número de admiradores que le hacían toda clase de valiosos regalos. Ella animaba a quien le convenía, para luego, cuando ya había obtenido suficiente de ellos, rechazarlos con desprecio, diciéndoles que se admiraba de su osadía al pretender ser amados por una princesa.

Un caballero de cincuenta años, pese a no desconocer su pasado, cayó en sus redes y creía a pies juntillas todos sus argumentos. El enamorado pensaba que Mary era la mujer más virtuosa sobre la tierra, y pronto comenzaron a convivir como marido y mujer. Le hacía toda clase de regalos, algo que ella siempre recibía fingiendo sentirse avergonzada e indigna de tanto favor. Un día el hombre llegó a casa ebrio, y ella aprovechó para despojarlo de su dinero, de las llaves de cofres y escritorios y huir con el botín.

A continuación fingió ser una doncella que disfrutaba de la buena herencia que le había dejado su tío y huía de un compromiso no deseado que su padre le había arreglado. Mimando el detalle, para mejor persuadir de su historia se encargó de que alguien le enviara cartas que supuestamente contenían noticias de la familia. Eso terminó de convencer a su casera, que vio con agrado que iniciara una relación con su sobrino.


Un día, mientras ambos conversaban, llegó una carta que ella había preparado de antemano. Al comenzar a leerla ante su enamorado, su rostro se demudó.

—¡Estoy perdida! —exclamó, a punto de desvanecerse.

Después de oler el frasquito de las sales, fue capaz de comenzar a explicarse.

—Señor, puesto que ya conocéis la mayor parte de mis cuitas, no os ocultaré esta. Así que, si os place, leed esta carta y conoced la causa de mi aflicción. 

El mensaje comunicaba la muerte de su hermano, que le dejaba en herencia todos sus bienes. Pero su padre estaba más decidido que nunca a casarla con un pretendiente que ella detestaba, para lo cual ambos se disponían a viajar a Londres, donde sabían que se encontraba. 

Para protegerla, su amante la invitó a vivir con él. Mary y su doncella, que era su cómplice, se trasladaron a sus aposentos al día siguiente, pero no con intención de quedarse. Ambas se acostaron vestidas y antes de que amaneciera se apoderaron de cuanto encontraron de valor y emprendieron la huida.

Durante los siguientes diez años utilizó métodos parecidos para defraudar a varios hombres, a menudo con ayuda de su doncella. Algunos de ellos se sentían demasiado avergonzados para denunciarla, pues significaba reconocer que habían sido engañados como tontos. Otras veces fue acusada de robo, pero permaneció poco tiempo en prisión.

Una vez fue arrestada por robar una jarra de plata. La condenaron a ser deportada a Jamaica, aunque al cabo de dos años se escapó y regresó a Londres con la renovada pretensión de ser una rica heredera. Esta vez se casó con un boticario en Westminster, pero, como no se había reformado, lo abandonó tras robarle el dinero.


En diciembre de 1672 fue capturada al ser reconocida por uno de los hombres a los que había robado, un cervecero de Southwark. Al mes siguiente era juzgada y, puesto que había abandonado Jamaica sin permiso, fue condenada a muerte. 

El 22 de enero de 1673, día de la ejecución, apareció radiante, incluso alegre. Al ver a un caballero que había ido a visitarla y con el que había conversado, se volvió hacia él y le dijo en francés:

—Mon ami, le bon Dieu vous benisse.

Después, ya en el cadalso, dirigió unas palabras a la multitud antes de ser colgada hasta morir.

Su cuerpo fue introducido en un ataúd para ser enterrado en el cementerio de St Martin, donde una vez un bromista se detuvo a dejar esta inscripción, un juego de palabras con la palabra “lie”, que tiene el doble significado de “yacer” y “mentir”:

The German princess here, against her will,
Lies underneath, and yet oh, strange! lies still.

(La princesa alemana, contra su voluntad, yace aquí enterrada, y sin embargo, oh, cosa extraña, yace inmóvil/sigue mintiendo.)


sábado, 9 de septiembre de 2017

Enrique IV, "el Buen Amigo de los Rocheleses"

Enrique IV de Francia

Enrique de Navarra nunca dejaba de perseguir mujeres, ni siquiera cuando se ocupaba de los asuntos más importantes. Entre sus numerosas amantes, encontramos a varias en La Rochelle. Cosa curiosa, porque la villa, centro comercial y financiero de primer orden, era abiertamente hugonote y predicaba un rigor moral que no se correspondía con las estadísticas amatorias de Enrique. Su comportamiento era sumamente escandaloso a ojos de aquellos protestantes que tanto velaban por la práctica de la virtud, pero ni eso ni los bruscos giros religiosos del soberano, que tanto les desagradaban, fueron obstáculo para que ganara el título de “El Buen Amigo de los Rocheleses”. 

La relación entre él y la villa fue tornadiza: a veces amistosa, a veces apasionada y con frecuencia difícil. No le perdonaban que hubiera participado en el sitio de La Rochelle tras la masacre de San Bartolomé, y veían como una traición el edicto de Nantes de 1598, que instauraba la libertad de culto y conllevaba, por tanto, que se volviera a oficiar la misa católica en las ciudades protestantes. 

Tras una primera estancia en 1558, a los 15 años se instala en La Rochelle, pues su madre, la reina Juana de Navarra, fijó allí su corte durante unos cuatro años. Sus habitantes se sentían muy honrados de acoger a Juana, protestante como ellos y cuyo padre, Enrique de Albret, había sido gobernador de la villa en 1528, dos años antes de alcanzar la corona.

Enrique de Albret

Entre las numerosas conquistas que hizo allí el por entonces príncipe de Navarra, tres nombres han quedado registrados en las viejas crónicas. El primero es el de Suzanne des Moulins, esposa de Pierre des Martines, profesor de filosofía. De esta unión nació un hijo que no sobrevivió.

Si con la primera amante había guardado discreción, en adelante dejó de ocultarse, para gran escándalo de los rocheleses. Ningún recato había ya cuando conoció a Madame de Sponde, y menos aún con Esther de Boyslambert, llamada “la Bella Rochelesa”, que el 7 de agosto de 1587 daba a luz un hijo del rey. El niño, Gédéon, sólo vivió poco más de un año. Para entonces los ánimos estaban tan enconados que Enrique, la víspera de la batalla de Coutras, tuvo que aceptar la exigencia de confesar públicamente sus faltas delante de las tropas. Y es que tenía que hacerse perdonar, pues La Rochelle, rica y capitalista, era un punto de apoyo indispensable para alcanzar el poder. A sus habitantes tuvo que recurrir con frecuencia para financiar el Estado y las guerras.

Esther era la mayor de los diez hijos de Catherine Rousseau y de Jacques Imbert, Señor de Boyslambert, un abogado al que Michelet describe como “un honorable magistrado protestante de La Rochelle”. Pero el honorable magistrado se mostró tan complaciente a la hora de entregar a su joven hija al rey que su docilidad fue recompensada largamente con títulos y honores. Tampoco olvidó Enrique recompensar a Esther con una pensión poco después del nacimiento del niño, para cuyo bienestar hizo provisiones. 

Durante su escaso tiempo de vida Gédéon recibió el título de Monsieur, que era el que llevaba habitualmente el hermano mayor del rey de Francia —el mismo título daría a César, duque de Vendôme, el bastardo nacido de su relación con Gabriela d’Estrées—. Enrique designó para él un aya, una nodriza, una camarera, un valet y un boticario.

Diane d'Andoins

Cuando residía en La Rochelle, el rey tenía la costumbre de alquilar a un precio muy elevado un palacio que recibía el nombre de Hôtel d’Huré. En él convivía abiertamente con Esther y con su hijo. No es que la bella rochelesa tuviera en exclusiva los afectos del monarca, pues en aquel tiempo Enrique también tenía por amante a Diane d’Andoins, la Bella Corisande, a la cual escribía lo siguiente mientras tanto:

“Creedme que mi fidelidad es total e inmaculada, como nunca hubo otra igual. Si eso os contenta, yo viviré feliz.”

Curiosamente, a finales de 1588 le dirige otra carta que casa muy mal con las anteriores y que debió de desconcertar mucho a Diane, pues procrear bastardos con otras mujeres no era, seguramente, lo que ella entendía por “fidelidad total e inmaculada”:

“Estoy muy afligido por la muerte de mi pequeño, que falleció ayer. Estaba empezando a hablar.”

No es de extrañar que la dama se dedicara a escribir notas sarcásticas en las cartas que recibía de él, como el ejemplo que se encontrará en este enlace:


En abril de 1589, tras la muerte de Catalina de Médicis, hubo una reconciliación entre el rey de Navarra y su cuñado, Enrique III de Francia en Plessis-les-Tours. Parece que Esther y su padre abandonaron La Rochelle para seguirlo, pues se conserva una nota en la que consta un pago de 200 coronas hecho a Esther Imbert, por expresa orden del rey, para sus gastos y los de su séquito, y para la compra de todo lo necesario para el viaje.


Poco después el asesinato de Enrique III elevaba al de Navarra al trono de Francia. Pero en 1592 aún no había logrado ser coronado o hacer su entrada en París, que permanecía en manos de la Liga a pesar del largo asedio. Enrique IV había establecido su cuartel general de Saint-Denis cuando, según Michelet, la desdichada Esther, que no había podido casarse y estaba arruinada por la guerra, acudió a pedir sustento. Pero para entonces el rey había comenzado su relación con Gabriela y cuenta la leyenda que, por temor a incurrir en su desagrado, le negó el socorro a su antigua amante.

Esther murió poco después, hacia 1593, aunque las versiones acerca de su muerte difieren. Dos cronistas afirman que Gabriela d’Estrées la hizo envenenar cuando la bella rochelesa, hacia la que Enrique habría vuelto de nuevo sus ojos, estaba a punto de seguirlo hasta Borgoña. Ambos sitúan la fecha en el 14 de julio de 1592, pero no resulta un relato verosímil. Otros afirman que murió en la miseria, olvidada del rey, y que su cuerpo fue arrojado a una fosa común. Tampoco es cierto, pues se sabe que recibía anualmente una pensión.

Su epitafio dice así:

Aquí yace una Esther que era de La Rochelle
Que quiso arriesgar su reputación
Por complacer a un gran rey de nuestra nación
Permitiéndole disfrutar de su belleza carnal
Ella fue su concubina fiel.


viernes, 1 de septiembre de 2017

Carta de Victoria Eugenia a Alfonso XIII

Victoria Eugenia con sus hijos

Corría el año 1905 cuando el rey Alfonso XIII, con tan solo 19 años, asistía a una fiesta que organizaba Eduardo VII de Inglaterra en su honor. Alfonso acudía animado por las perspectivas de encontrar entre las damas asistentes a la mujer que convertirla en su esposa. La elegida fue finalmente Victoria Eugenia de Battenberg, que debía su nombre a su abuela, la reina Victoria, y a su madrina, Eugenia de Montijo. A pesar de que la reina María Cristina, madre de Alfonso, no era partidaria de ese matrimonio, pues consideraba a la novia de rango inferior y se mostraba preocupada por los casos de hemofilia presentes en la familia, el 9 de marzo de 1906 se hacía oficial el compromiso.

La petición de mano tuvo lugar el 25 de enero de 1906 en la Villa Mourriscot de Biarritz. Dos días después hubo un segundo acto en el palacio de Miramar, residencia de verano de la reina madre en San Sebastián. 

En el palacio real de Madrid se conserva la primera carta que ella le escribió, ya prometida al monarca español:

Alfonso XIII

Kensington Palace, Londres, 11 de marzo de 1906

Mi querido y viejo amigo Alfonso:

Se me hace muy raro escribirte en la misma mesa de mi habitación en la que solo te escribía tarjetas postales y que tantos recuerdos me trae. Gracias a Dios, ahora todas mis inquietudes son cosa del pasado y solamente me queda soportar la tristeza de estar separada de ti.

Te echo terriblemente de menos, querido, y mis pensamientos regresan sin cesar a las deliciosas horas en las que estaba sentada en tus rodillas y apretada contra tu corazón, y cuando sentíamos lo mucho que nos adorábamos. Pues bien, la próxima vez en Miramar todavía será mejor, ¿no es así, querido mío? ¡Ya no tendremos que preocuparnos por las interrupciones de nuestras madres!

El marqués de Muni [1] y los San Román estaban en la estación de París y el bueno de Caliban[2] aquí en Londres. La travesía fue muy buena y no me mareé, tuvimos suerte porque hoy hace un viento terrible.

Después de todas las emociones y fatigas de la última semana, estoy medio muerta de cansancio y siento un extraño trastorno en mi interior, así que me he quedado en la cama hasta muy tarde. Espero encontrarme mejor mañana.

Tras haber recibido tu recado esta mañana, mamá ha dispuesto todo para que Caliban y los señores de la embajada vengan a verme aquí.

En París pude ver un momento al médico, me ha parecido muy bien. Mamá te va a escribir a ese respecto. El tío[3] ha telegrafiado a mamá encantado de su visita a Miramar[4]. Aguardo con impaciencia las noticias que me cuentes.

Cuando recibas nuestras fotografías, me gustaría que firmases una docena de ellas y me las enviaras para repartir a la familia.

Adiós, mi bienamado, te estrecho contra mi corazón y te doy los más dulces besos en los labios.

Tu novia que te adora,

Ena



[1] Embajador de España en París 

[2] Apodo que daba al embajador de España en Londres 

[3] Eduardo VII 

[4] Palacio de la reina María Cristina en San Sebastián