lunes, 29 de junio de 2009

La Heráldica


La heráldica, o ciencia del blasón, es una ciencia auxiliar de la Historia que, según la Real Academia, consiste en “el arte de explicar y describir los escudos de armas de cada linaje, ciudad o persona”. Y blasonar es disponer el escudo de armas según las reglas del arte, es decir, disponer convenientemente los blasones. Entendemos por blasones, además de los escudos, también cada figura, señal o pieza que lo componen.

Las Cruzadas tuvieron mucho que ver con esta ciencia, pues la convivencia de caballeros de diferentes naciones bajo unas mismas banderas hizo necesario crear un símbolo que
distinguiera a uno de otro, y, junto con la cruz que fue el emblema común, comenzaron a aparecer las primeras piezas y figuras.

La palabra “heráldica” procede de “heraldo”. Los heraldos eran nobles caballeros que ejercían la función de jueces encargados de dictar las normas a seguir en los torneos. El origen de los escudos de armas es plenamente castrense, pues se fundamenta en la lucha, ya sea en la guerra o en los torneos, llevando los ejércitos unos distintivos emblemáticos. Los guerreros tenían necesidad de diferenciarse en los combates mediante algún signo externo, al ir cubiertos con armaduras. Eran precisamente los heraldos quienes asignaban a cada apellido su escudo de armas correspondiente, tras investigar al caballero en cuestión, y el país que más contribuyó a la elaboración y desarrollo del lenguaje heráldico fue Francia.


Aunque el origen de los escudos es, pues, individual y reservado a los guerreros, se convirtieron en familiares y hereditarios a partir del siglo XII, y pronto pasaron a ser usados por quienes no participaban en combates, es decir, por las mujeres y los clérigos. El blasón dejó de ser distintivo de la nobleza cuando los plebeyos ricos iniciaron también su empleo. Por tanto, salvo en regiones concretas de
algún país, los escudos de armas no significan prueba alguna de nobleza.

La forma de estos escudos varía de una nación a otra. El español, o al menos el más usado tradicionalmente, y que la heráldica universal considera como privativo de España, es rectangular,
cuadrilongo, y redondeado en su parte inferior.

La lectura o descripción de un emblema heráldico se realiza a la inversa, es decir, como si se contemplara una figura humana: su lado derecho será nuestra izquierda, y viceversa.

Los metales y colores con los que se pinta tanto el escudo como las figuras, reciben el nombre de esmaltes. Hay dos metales: oro y plata; y cuatro colores: gules (que es como se llama en heráldica al rojo), azur (azul), sinople (verde) y sable (negro). El púrpura o violáceo no se considera verdaderamente heráldico.

El oro simboliza nobleza, magnanimidad, riqueza, poder, luz, constancia, sabiduría, y se expresa con el color amarillo.


La plata es insignia de pureza, integridad, obediencia, firmeza, vigilancia, elocuencia, y se expresa en color blanco.

El gules denota fortaleza, victoria, osadía, alteza, ardid.

El azur representa la justicia, celo, verdad, lealtad, caridad, hermosura.

El sinople denota esperanza, fe, amistad, servicio, respeto.

El sable es prudencia, rigor, tristeza, honestidad, obediencia.

Distinguir los metales y colores, cuando aparecen pintados, no supone dificultad, pero sí cuando el escudo está tallado en piedra o dibujado a pluma o a lápiz, salvo que al pie del mismo se acompañe su explicación detallada. Para superar este obstáculo, se empleó al principio el método de poner iniciales a los colores. Otros les asignaban una cifra del 1 al 7. Sin embargo, fue el jesuita Pietra Santa quien concibió la idea actual de representar los colores mediante señales gráficas. De esta manera representó el oro con puntitos, la plata sin señal alguna; el gules con líneas verticales, el sable con líneas transversales y verticales o con fondo negro…

A los esmaltes dichos se añade el color de la carne, llamado carnación, para representar partes del cuerpo humano, y también los colores al natural de animales, plantas, frutos y sombras.

Las reglas del blasón no permiten poner en el escudo metal sobre metal, ni color sobre color. Los casos en que se comete esta irregularidad son escasos, figurando entre ellos el escudo de armas de Jerusalén. Se compone de metal sobre metal, oro sobre plata (amarillo sobre fondo blanco).


domingo, 28 de junio de 2009

Nuevo premio


Muchas gracias a un hidalgo, del estupendo blog Antigua y Medieval por haberme concedido el premio Blog de Oro.


Monsieur, resulta un honor que haya tenido usted en cuenta este trabajo. Procuraré no defraudar su confianza.


Diana de Méridor

sábado, 27 de junio de 2009

La aventura homosexual de Zeus

Rubens, el rapto de Ganimedes

En la Grecia antigua la homosexualidad, lejos de estar condenada o marginada, era una práctica de los medios civiles más selectos. Los motivos de esta conducta hunden sus raíces en la mitología. En los mitos cabe distinguir el hombre sexualmente activo, el erasta (es decir, el que ama en sentido erótico), siempre un maestro divino o heroico, y el erógeno (el que es amado), que es un adolescente impúber. Su sujeción sexual termina precisamente con la aparición de la pubertad y la aptitud para el matrimonio.


Cellini - Ganimedes

Ganimedes era un joven héroe que pertenecía a la casa real troyana descendiente de Dardano. Según unas versiones, era el menor de los hijos de Tros y de Calírroe, según otros lo era de Laomedonte. Ganimedes era todavía imberbe y guardaba los rebaños de su padre en las montañas que rodeaban la ciudad de Troya. Pasaba por ser el más bello de los mortales, tanto que inflamó de amor al más poderoso de los dioses, harto de probar el manjar opuesto. Así pues Zeus se metamorfoseó en águila y un día en que el troyano cazaba en el monte Ida lo cogió en sus garras y se lo llevó por los aires. En compensación del rapto, Zeus regaló al padre del muchacho unos caballos divinos o una copa de oro fabricada por Hefesto.


Y desde entonces Ganimedes pasó a ser en el Olimpo, además del erógeno de Zeus (pues se conservó eternamente efebo e inmortal), su copero, escanciador del néctar a los inmortales, cargo que antes habían tenido Hebe y Hefesto. Divinizado así Ganimedes, pasó a ser en el Zodíaco la constelación de Acuario.


La versión histórica relata el suceso, humanizándolo en forma más realista. Un soberano troyano denominado Tros envió a su hijo Ganimedes al vecino reino de Lidia, en Asia Menor, para ofrecer sacrificios a Zeus. Tántalo, soberano del país, creyó que el joven y sus acompañantes eran espías. Hizo prisionero a Ganimedes y le obligó a servir de copero en su mesa y de erógeno quizás. Este rapto provocó una larga guerra entre ambos reinos.



jueves, 25 de junio de 2009

¿...O volvió a casarse la reina Victoria?

Victoria de Inglaterra

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Las anotaciones a modo de diario que de la reina se han conservado testifican que estaba preocupadísima por los alojamientos de Brown cuando iban de viaje. Se ocupaba de que él estuviera en la habitación de al lado, bien tratado y contento. Cualquier incidencia molesta para Brown era asumida por la reina como una agresión contra ella. ¿Que en Coburgo el cuñado de Victoria alojaba a Brown en las habitaciones de los criados, lejos de ella? Se acabó tratar con el cuñado. ¿En un viaje a Bruselas no era instalado cerca y de modo distinguido? Pues bien, no se volvería a Bruselas.
En algún momento fue preciso advertir a Victoria de que no procedía en absoluto que Brown apareciese en público a su lado, pues la gente comenzaba a llamarla Mrs. Brown. Lejos de avenirse a tales recomendaciones, la reina decía que se la quería dejar a solas, como una pobre viuda desamparada, sin el único apoyo moral que la respaldaba.
Aunque Brown nunca quiso sacar provecho lucrativo de su posición, no faltaron los avispados que lo utilizaron en su beneficio. Por ejemplo, el joyero de la reina se lamentó de que ésta le hacía pocas compras en una ocasión en que invitó a comer a Brown. El servidor le dijo que lo dejara de su cuenta y le presentó a la reina una bandeja de joyas que devolvió al negociante casi vacía. No consta, sin embargo, que él sacara nada de tales situaciones, y nunca prosperaron los recelos y las insidias que despertaba su privilegiada situación.
John Brown
La reina, por supuesto, tenía que estarle muy agradecida a su servidor, que además le había salvado la vida en más de una ocasión. El 29 de febrero de 1872, cuando el landó descubierto de Victoria salió del palacio de Buckingham para llevarla a dar un paseo, Brown saltó para agarrar y reducir a un irlandés, Arthur O’Connor, que se había acercado a un palmo de la reina pistola en mano. Algo más tarde prendió y desarmó a un loco que disparó contra ella en la estación de Windsor. Otro día un tropel de periodistas estaba incomodando a la reina y no se resolvía a dejarla en paz hasta que Brown los desafió a todos a pegarse con él. Los informadores se dispersaron en el acto.
Lo que en modo alguno puede justificarse mediante una profunda gratitud es el modo en que Victoria se dirigía a Brown. No entra dentro de lo reglamentario que la reina de ningún país le escriba a un servidor: “¡Oh, perdóneme y excúseme si le he ofendido! No era mi intención… Me es usted tan hondamente querido, es usted tan precioso para mí y tan adorado que me resulta insoportable verle interpretar mal la situación…”. Y, lo que es peor, la nota iba firmada por “La que le amará siempre con devoción”.
Más insólito es aún el motivo de semejante escrito: en agosto de 1876, estando la corte en Holyrood, había fallecido la madre de Brown, que se hallaba de luto y triste por ello. La reina había contratado a un gaitero para que tocara en sus cenas. Brown se enfadó porque estando él tan apenado Victoria oyera música, y se lo hizo notar. La reina le envió entonces la nota con la indicación de “Queme usted luego este papel”.
Victoria de Inglaterra
Brown se limitó a romperlo y echarlo a la papelera. Más tarde se hicieron obras en aquella habitación y un operario vio los papeles y tuvo la curiosidad de juntarlos.
Victoria hizo construir para él una casita en Balmoral. Estaba llena de retratos dedicados de personajes de todo el mundo, regalos y recuerdos, y prometía una vejez feliz para el buen hombre. Sin embargo, en 1883 una serie de enfermedades leves que fueron complicándose causaron la muerte del leal servidor, a sus 56 años de edad, unos 8 menos que la reina. Ésta experimentó una tristeza tal que sólo podía compararse a la sufrida con la pérdida de su marido. Sus homenajes conmemorativos fueron desatinados: comenzó encargando una estatua de Brown de tamaño natural, a cuyo pie ponía flores, y publicó una biografía del servidor ornamentada con el diario personal de éste. La inscripción en la estatua corrió a cargo nada menos que de Lord Tennyson:
Friend more than Servant, Loyal, Truthful, Brave,
Self less than Duty, even to the grave.
Estatua de John Brown

El texto de la lápida, en el cementerio de Carthie Kirk , fue redactado personalmente por la reina Victoria: “Aquí descansa el servidor personal y amigo bienamado de la reina Victoria, a la cual sirvió durante 34 años. Fue una verdadera bendición este amigo dotado de fidelidad infalible, este amigo ofrecido por el destino”.

No hace mucho se descubrieron los diarios de Lewis Harcourt, un político de la época. Los diarios contienen un informe relativo a uno de los capellanes de la reina, el reverendo Norman MacLeod, que en su lecho de muerte confesó estar arrepentido de haber oficiado el matrimonio de la reina Victoria con John Brown. Continúa el debate acerca de la credibilidad que debe darse a este dato.
Lo que nadie puede negar es que la reina ordenó a su medico que cuando ella muriera metiese en su ataúd un mechón de los cabellos de Brown, su fotografía y un anillo que había llevado la madre de John y que él le había regalado. Y esto se hizo así, y no es leyenda.
Bibilografía:
El reverso de la Historia – Pedro Voltes
The life and times of Queen Victoria – Dorothy Marshall
Queen Victoria secret marriage – Raymond Lamont-Brown

lunes, 22 de junio de 2009

¿Tuvo un amante la reina Victoria?

Victoria

Los estudiosos no han dejado de sentir curiosidad por las verdaderas funciones que desempeñó en la intimidad de la reina Victoria su criado John Brown. Si dentro de sus criterios no hubiera destacado una moralidad estricta, acaso no nos intrigaría tanto su vida privada, pero, ya que durante su largo reinado ella no se mordió la lengua a la hora de reprobar y condenar a otras personas, es equitativo que las generaciones siguientes tampoco se queden calladas con respecto a sus asuntos.

John Brown
John Brown era un escocés gigantesco, típico highlander, de origen humilde. Fue pinche en una fonda de pueblo, luego trabajó en una casa de campo y más tarde hizo de mozo de cuadras en la casa de Sir George Gordon, en Balmoral, hacia 1842. En 1847 el aristócrata falleció, y al año siguiente Victoria y su marido alquilaron la finca para pasar el otoño. Se encontraron tan bien en ella que poco después la compraron.

Balmoral
El mozo John Brown fue grato al príncipe Alberto, quien lo tomó como gillie, nombre que se da a los guardabosques de las fincas escocesas y auxiliares de la caza y la pesca de sus señores. El carácter callado, grave, sensato y fundamentado de Brown se avino muy bien con lo serio y ordenado de la personalidad del consorte alemán de la reina, por lo cual cada vez tuvo más entrada en la intimidad de la pareja, hasta que en 1851 fue nombrado caballista oficial de Victoria. En las anotaciones diarias escritas por ella van apareciendo de forma creciente las menciones de los aciertos y gracias de Brown, su paso vigoroso, ligero, elástico, verdaderamente extraordinario, y su fuerza cuando ha de tomarla en brazos para pasar un lodazal.

John Brown sujetando el caballo de la reina

En calidad de perfecto conocedor de la montaña escocesa, era el ayudante ideal para cacerías y excursiones, experto en caballos, asesor en remedios caseros y cocina tradicional, curas de urgencia y demás sabidurías valiosas para la pareja. Incluso se anticipaba a los deseos regios en cuestiones tales como preparar unos tes estupendos que la reina aplaudía encantada porque Brown les había echado un buen chorro de whisky.

Aun así, no era adulador. Un día una dama de honor se cayó y se hizo daño. Él la tomó en brazos y ella le dio las gracias por la molestia. El sirviente no le dio importancia y replicó que pesaba menos que la reina. Victoria preguntó si quería decir que estaba gorda. Brown dijo que sí, y punto. Con el mismo talante, alguna vez que el príncipe de Gales se portó mal siendo niño, le pegó unos cachetes que aquel se tuvo que tragar.

La familia de la reina Victoria

Desde 1858 en adelante se vio dotado de uniforme para prestar sus servicios, y pasó a vestirse más o menos a la manera de un militar de los regimientos escoceses. Continuaba creciendo su intimidad con la pareja, cuya ropa y calzado limpiaba cada día.

El 22 de octubre de 1861 se despedía de ellos en Balmoral, porque se iban a Windsor, y añadió la imprevista frase de que esperaba que no se produjera ninguna defunción antes de que regresaran a Escocia. Dos meses más tarde moría el príncipe Alberto, para horrible desconsuelo de la reina, que pareció volverse loca.

El Príncipe Alberto

Cuando Victoria se serenó tras la muerte de su esposo, dio en creer que John Brown estaba dotado de poderes paranormales. Seguramente por aquella curiosa despedida allá en Escocia, le atribuyó capacidades adivinatorias y premonitorias, así como la de comunicarse con los espíritus, especialmente con el de su amado marido. Brown pasó a no separarse nunca de la reina, a dormir en la alcoba contigua a la suya, a intervenir no sólo en su vida privada, sino incluso en la oficial. Hombre sencillo, a veces se le escapaba decir: “La reina y yo…”, y hablaba de Victoria con llaneza delante de terceros, que se escandalizaban.

John Brown sujetando el caballo de la reina Victoria

Hasta nosotros ha llegado la extrañeza que produjeron docenas de hechos como el que sigue. El general Gardiner, gentilhombre de la reina, se dispone a entrar de servicio según el turno que le corresponde, se encuentra con el criado John Brown y le pregunta cómo se encuentra la soberana.

—La reina está muy bien de salud —responde John—. No hace ni dos días me decía: “Ahora va a entrar de servicio ese imbécil del general Gardiner y sé que va a preguntar por lo que no le importa”.

El general en cuestión, sabedor del terreno en el que se movía, se calló y se tragó su amor propio. Otro general menos avisado recibió una nota oficial de la reina por medio de John y le pidió a éste que esperase fuera del despacho mientras estudiaba la respuesta. El criado se ofendió y aquella misma tarde el general recibió otra nota regia que le ofrecía un destino en la India. Con grandes trabajos logró evitar el traslado, pero la reina estuvo años tratándole con frialdad y privándole de aparecer en los sitios cuando ella estaba presente.

Continuará.

viernes, 19 de junio de 2009

Los Mosqueteros



Los mosqueteros se crearon en el año 1622, cuando el rey Luis XIII dotó de mosquetes a la compañía de caballería ligera de la guardia. Sus armas, por lo demás, solían ser una espada, las pistolas y un fusil. Los candidatos tenían que ser de origen noble y haber servido ya en la guardia. Su paso a los mosqueteros se consideraba un ascenso. Combatían indistintamente a pie o a caballo, y formaban la guardia habitual del rey en el exterior, pues en el interior de los apartamentos reales eso era tarea de los guardias de corps o la guardia suiza.

En 1634 el rey nombró capitán de la compañía de mosqueteros al famoso Señor de Tréville.

Tréville

Al poco tiempo de su creación, el cardenal Richelieu creó una guardia para sí mismo. Para que el rey no se ofendiera con lo que podría parecer excesiva arrogancia por parte de su ministro, no llamó a este cuerpo guardia de corps, demasiado pretencioso, sino mosqueteros, como los recién fundados. Este fue el origen de una apasionante rivalidad.

Mazarino, que no apreciaba a los turbulentos mosqueteros del rey, disolvió la compañía en 1646, aunque volvieron a reaparecer once años más tarde, contando entonces con 150 hombres. A la muerte del cardenal, en 1661, su compañía de mosqueteros pasó al rey Luis XIV, que se hizo capitán de la misma como ya lo era de la primera. Fue reorganizada en 1664 y la vieja guardia del cardenal recibió el nombre de mosqueteros negros, debido al color de sus caballos, mientras que a la otra compañía se la llamó los mosqueteros grises. Cada una pasó a tener 250 hombres, pero en tiempos de guerra aumentaban considerablemente con los voluntarios que se presentaban.


Fueron uno de los cuerpos militares más prestigiosos del reino. Se consideraban como una escuela de preparación para la guerra, y Luis XIV había establecido que todos los jóvenes aristócratas deberían servir allí al menos un año. Nombres tan conocidos como el del duque de Saint-Simon fueron mosqueteros.

Y por cierto que el verdadero d’Artagnan (Charles de Batz-Castelmore, conde d'Artagnan) fue en realidad la criatura de Mazarino, que lo empleó en misiones secretas. Entre los ilustres nombres de los mosqueteros encontramos también el de Armand de Sillègue d'Athos d'Autevielle, nacido en Béarn en 1615 y fallecido en 1643, Isaac de Portau, llamado Porthos, nacido en Pau el 2 de febrero de 1617, y Henri d’Aramitz, llamado Aramis, un abate laico cuya hermana estaba casada con monsieur de Tréville.

D'Artagnan

En 1776 fueron disueltos por Luis XVI, por razones de economía. Después fueron refundados en 1789, vueltos a disolver al cabo de poco tiempo, refundados de nuevo durante la Restauración en 1814 y disueltos definitivamente el 1 de enero de 1816.

miércoles, 17 de junio de 2009

La Creación según los Vikingos


Cuando los gigantes se hicieron conscientes de la existencia del dios Buri y de su hijo Börr, comenzaron a guerrear contra ellos, pues los dioses y los gigantes representaban las fuerzas opuestas del bien y del mal, y no había la menor esperanza de que algún día llegaran a convivir en paz. La lucha se prolongó durante una eternidad y ningún bando ganaba una ventaja decisiva hasta que Börr se casó con la giganta Bestla, hija de Bolthorn (la espina del mal), que le dio tres hijos: Odín (espíritu), Vili (Voluntad) y Ve (Sagrado). Estos tres hijos se unieron de inmediato a su padre en la lucha contra los gigantes del hielo, y finalmente lograron dar muerte a su peor enemigo, Ymir. Al desplomarse sin vida, la sangre manó de sus heridas en tal cantidad que produjo una gran inundación en la que pereció toda su raza, con la excepción de Bergelmir, que escapó en un barco y se fue con su esposa hasta los confines del mundo.


Allí pasó a residir, y llamó al lugar Jötunheim (el hogar de los gigantes). En Jötunheim Bergelmer engendró una nueva raza de gigantes del hielo, siempre dispuestos para navegar desde su desolado país y arrasar el territorio de los dioses.



Los dioses, llamados Aesir en la mitología nórdica (pilares del mundo), al haber triunfado sobre sus enemigos y no verse ya comprometidos en una guerra perpetua, se percataron del aspecto desolado con el que todo había quedado a su alrededor, y se dedicaron a la tarea de hacer un mundo habitable. Los hijos de Börr, tras mucho deliberar, comenzaron a crearlo a partir del enorme cuerpo de Ymir.


De su carne hicieron Midgard, como se llamó a la tierra. Esta fue colocada exactamente en el centro del vasto espacio, y bordeada por las cejas de Ymir a modo de murallas. La porción sólida de Midgard fue rodeada por la sangre y sudor del gigante, que formó el océano, mientras que con sus huesos formaron las colinas, con sus dientes los arrecifes, y con su cabello los árboles y toda la vegetación.


Complacidos con el resultado de sus primeros esfuerzos, los dioses tomaron entonces la calavera del gigante y la elevaron sobre la tierra y el mar para formar la bóveda celeste; luego, esparciendo su cerebro, hicieron las nubes.


Para sujetar la bóveda celeste, los dioses situaron en sus cuatro esquinas a los fuertes enanos, Nordri, Sudri, Austri y Westri, encargándoles que la sujetaran sobre sus hombros, y de ellos reciben su nombre los cuatro puntos cardinales.



Bibliografía:

The Norsemen - H. A. Guerber


lunes, 15 de junio de 2009

El último Carolingio


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En el mes de mayo del año 987, un joven cayó de su caballo durante una animada partida de caza en lo que es hoy el nordeste de Francia. Resultó gravemente herido; sangraba por la nariz y la garganta, y acabó falleciendo el día 21 de ese mismo mes.
El joven tenía escasa importancia en sí mismo. Su nombre era Luis y era rey, pero esto era todo lo que podía decirse de él. Tenía veinte años, había reinado durante uno y su única preocupación verdadera era pasarlo bien. Entró en la Historia con el nombre de Luis V el Holgazán.

Sin embargo, era descendiente de Carlomagno en séptima generación. Y esto hacía de él un carolingio. Fue el último carolingio que llevó el título d
e rey.
Carlomagno había gobernado firmemente un imperio que se extendía por las naciones que ahora llamamos Francia, Holanda, Bélgica, Suiza, Austria, oeste de Alemania y la mitad norte de Italia. Después de su muerte en el 814, el Imperio se desmembró. La decadencia fue causada, en parte, por las querellas entre sus descendientes, y en parte por las destructivas correrías de los vikingos, a todo lo cual contribuía la dificultad de mantener unido un dominio tan vasto en las primitivas condiciones de transporte y comunicaciones de aquellos tiempos. Carlomagno lo consiguió, pero ninguno de sus descendientes fue más que una sombra de él.
En el 911 la mitad oriental del Imperio vio morir al último gobernante carolingio. Le sucedieron gobernantes de otras familias, y la región dejó de estar gobernada por los francos. La mitad occidental, en cambio, aún los conservaba hasta el momento de la muerte de Luis V.
Pero todo el Imperio estaba fragmentado; bajo el terrible ataque de los vikingos cada uno debía velar por sí mismo, y la gente se agrupaba para defenderse bajo el mando de cualquier jefe local que estuviese dispuesto a combatir. Nadie prestaba atención al rey, que carecía de un ejército central y no había manera de que pudiera viajar rápidamente de un extremo al otro de las grandes regiones que en teoría se hallaban bajo su gobierno.
Ciertamente, una de las razones de que Luis V fuese un holgazán era que no había mucho que él pudiera hacer. El título de rey no tenía ningún valor en sus dominios. El rey tenía prestigio social, la gente le hacía la reverencia y se dirigía a él en términos altisonantes, pero no tenía ningún poder, y cada noble dictaba sus propias leyes.
Así estaban las cosas cuando hubo que buscar un nuevo rey, y correspondía a los grandes nobles elegirlo. En realidad aún existían carolingios: el difunto Luis tenía un tío, Carlos de Lorena. Pero éste reconoció al monarca alemán como soberano de sus propias tierras. Los franceses no admitían tener como rey al subordinado de un extranjero y, además, Carlos era muy impopular.
El más poderoso de los señores del norte de Francia era Hugo Capeto. “Capeto” no era un apellido, sino el apodo derivado de una capa particular que acostumbraba usar cuando desempeñaba ciertas funciones. Pero el apodo adquirió categoría de apellido, y Hugo y sus descendientes son generalmente conocidos como los Capetos.
Sus tierras se centraban alrededor de París, la ciudad más importante de Francia ya entonces, aunque también poseía trozos dispersos de tierra fuera de ese conjunto principal. Era suficientemente poderoso como para haber podido arrebatar el trono por la fuerza a cualquiera de los dos últimos carolingios, y también lo había sido su padre antes que él. De hecho, su abuelo Roberto hizo el intento y reinó con el nombre de Roberto I durante un año. Pero este gobierno fue desafortunado, de manera que Hugo y su padre estimaron más conveniente ser el poder que se ocultaba tras el trono. Esta posición conllevaba menos status, pero era más tranquila.
Ahora el padre había muerto, pero Hugo Capeto, que no renunciaba a las ambiciones de la familia, continuaba esperando el momento preciso y haciendo planes. Cuando murió Luis el Holgazán sin hijos y con sólo un tío impopular, vio llegada su oportunidad y maniobró en busca de alianzas para presentar su candidatura. A mediados del verano de 987 los señores se pusieron a deliberar y no les llevó mucho tiempo tomar su decisión. Hugo Capeto fue elegido por unanimidad. Comenzaba con él una dinastía de la que, aun cambiando varias veces de nombre, descienden todos los posteriores reyes de Francia.


Bibliografía:
La formación de Francia - Isaac Asimov

sábado, 13 de junio de 2009

El manuscrito escondido

Ricardo III

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En el interior de los muros del que había sido hogar de Sir Edward Dering, en el condado de Kent, se encontró un manuscrito en latín, escrito por un hijo bastardo de Ricardo III.
Este joven, que llevaba el nombre de su padre, había sido educado discretamente en el campo, con grandes gastos y los mejores maestros para cada disciplina. La noche anterior a la fatal batalla de Bosworth Field, el rey envió a buscarlo, y fue secretamente conducido a su tienda. Tras despedir a sus servidores, Ricardo le declaró privadamente que era su padre, y entregándole 1.500 libras, una gran suma para la época, le dijo:
—Hijo mío, debes aguardar al día de mañana: si el resultado nos favorece, te reconoceré y te convertiré en Príncipe de Gales; pero si pierdo la batalla y caigo en ella, olvida quién eres y vive en el retiro. El dinero que acabo de entregarte servirá entonces para tu mantenimiento.
Ricardo III
Amaneció el día fatal. Ricardo perdió la vida en la batalla y su hijo partió inmediatamente hacia la capital. Tenía unos quince años por aquellas fechas, y se colocó junto a uno de los arquitectos más importantes del reino. Todo en él, sus modales exquisitos, la gracia de su persona, denotaban su origen y su especial educación, que sin embargo él tenía la habilidad suficiente de ocultar y disimular.
El maestro pronto descubrió el genio de su aprendiz, en cuya destreza y buen criterio confiaba. Al serle encargados algunos arreglos en aquella vieja casa, entonces propiedad de Sir Thomas Moyle, el hijo de Ricardo fue enviado para supervisar a los trabajadores. Su ingenio era tal que el propietario de la mansión decidió conservarlo a su servicio, y le permitió que construyera su propia casa dentro de sus tierras.
Ricardo III
Durante algunos años, en efecto, vivió en este retiro, dedicado a la lectura y a la contemplación, logrando labrarse una gran reputación por su cultura, pero también por su modestia. Y fue durante esa época cuando escribió el relato de su vida. Al acercarse el momento de su muerte, entregó el manuscrito a su patrón, pidiéndole que no lo leyera hasta después de que hubiera fallecido. Se recuperó de su enfermedad, pero de todos modos acabó dejando este mundo poco después. Se supone que su amigo ocultó el manuscrito en el interior de un muro, y hasta el siglo XVIII nada se supo acerca de este documento, que pasó a ser propiedad de la familia Dering.
En el registro de la parroquia aparece inscrito el entierro en 1550 de alguien que según la ortografía de la época figura como Rychard Plantagenet. No hay ninguna otra evidencia que apoye la verdadera identidad de aquel personaje, pues la tumba que se le atribuía, aún en la iglesia en ruinas, data en realidad de 1480 y parece que pudo pertenecer a Sir Thomas Moyle y su esposa.
Bibliografía:
The Illegitimate Children of Richard III – P. W. Hammond
A Collection of interesting anecdotes – Addison
Kings of England and Scotland – Allen Andrews

jueves, 11 de junio de 2009

Carta de amor de María Estuardo

María Estuardo
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Carta de amor de María Estuardo a James Hepburn, conde de Bothwell:
Os quejáis de mí, querido Bothwell, sin razón; si conocierais las insuperables dificultades que afronta una persona de mi rango al continuar con una relación como la nuestra, no me culparíais, sino que os apiadaríais de mí. Todo el tiempo se pasa en consultas, las ocupaciones me abruman; debería cambiar esta blanda y suave naturaleza mía por otra completamente ruda y masculina para ser capaz de enfrentar las oposiciones con que me encuentro cada día. Además Lord Darnley permanece constantemente conmigo, pretende testimoniarme su pasión mediante sus celos, y apoyado por quien se erige en árbitro de mi destino, la reina de Inglaterra, ya adopta la autoridad de un esposo.

James Hepburn, conde de Bothwell
¿Qué puedo hacer yo, desgarrada y dividida entre las dos facciones, ambas igualmente perniciosas para los intereses de sus soberanos? Y sin embargo, a pesar de las furiosas contiendas, a pesar de los asuntos de Estado que debo atender y de todas mis grandes fatigas, mi corazón aún encuentra un lugar para el amor. Sí, os aseguro, mi queridísimo Bothwell, que por una vida humilde a vuestro lado cambiaría alegremente esta carga de grandeza y la arrojaría a aquellos que parecen ambicionar el peso de una Corona; pero hasta eso es un privilegio que me está vedado; debo continuar reinando o dejar de vivir. Mi poder es todo cuanto puede proteger a mi Bothwell; si yo renunciara o no tuviera medio de ofreceros protección, no sería la supuesta amistad del siempre cambiante Murray la que os la proporcionaría. Por tanto, no atribuyáis a falta de impaciencia por veros el que demore el viaje a Edimburgo; es por el futuro reposo de ambos por lo que os ordeno que permanezcáis aún donde estáis. Pero creo que no necesito argumentos para persuadiros de que es sólo vuestro interés lo que yo considero. Demasiado preciosas han sido las pruebas que os he dado de mi ternura como para que dudéis de su sinceridad, y no creo que carezcáis de sentido común ni de gratitud para reconocer lo que he hecho por vos. El tiempo, sin embargo, ha de ser la piedra de toque de ambos corazones.
María Estuardo y Lord Darnley
Escribidme como de costumbre. Creedme, el único consuelo de vuestra desdichada reina es tener noticias vuestras. Hasta que el destino nos permita la bendición de una próxima entrevista, que espero y ruego para que sea antes de lo que vos esperáis, y tan rápidamente como mis deseos, que una legión de ángeles os asistan y os guarden de todo mal y os mantengan siempre fiel a

M. R.

PD: Había olvidado advertiros acerca de milord Herris. Tiene intención de visitaros. No puede ser por otra razón que la de husmear en vuestros asuntos. Tened cuidado con él. Adiós.
Bibliografía:
The love letters of Mary, Queen of Scots, to James, Earl of Bothwell - Hugh Campbell