viernes, 31 de julio de 2009

Origen del teatro griego


Las festividades en honor de Dioniso fueron muy variadas. Las agrionias tenían como aspectos fundamentales las orgías de las bacantes, que corrían por los montes despedazando a los animales, y el sacrificio simbólico, tal vez real en un comienzo, de un adolescente, recuerdo del mito del dios despedazado por los titanes y representación, también, de la muerte de la naturaleza en invierno.


Las trietéridas de Tebas fueron el prototipo de estas festividades. Eran nocturnas, y tenían como escenario las faldas del Citerón, iluminadas por las antorchas. Sólo participaban en ellas las mujeres, coronadas de yedra, el cabello suelto, danzando al son de los tambores. Estas celebraciones se propagaron y fueron célebres las de Delfos, que tenían lugar cada nueve años.



Hubo también dionisiacas campestres, puramente atenienses, celebraciones rústicas de aldeas y campos. Su parte central consistía en una procesión, y a veces alguna representación teatral. Los celebrantes se pintaban la cara con restos de vino o se la cubrían con máscaras de cortezas.


Las grandes dionisiacas se desarrollaron entre marzo y abril, y a ellas acudían gentes de toda parte del Ática y de territorios aliados. Por su carácter urbano y por coincidir con el comienzo de la primavera fueron las más esplendorosas, y tienen el mérito de que de ellas surgió la tragedia. Poetas famosos compusieron ditirambos para estas dionisiacas. Duraban seis días y tenían como partes centrales una procesión, un concurso de coros, con la participación de cinco coros masculinos y cinco infantiles, festejos callejeros y representaciones teatrales.


Las dionisiacas tenían carácter oficial. Estaban a cargo del arconte epónimo, que preparaban los concursos dramáticos y de coros. Recibían las solicitudes para participar acompañadas de un ejemplar de las obras con las que se quería competir. Los admitidos eran generalmente pocos: tres para la tragedia y tres para la comedia. Lo único que se les exigía era la ciudadanía ateniense.


Admitido el concursante, el arconte le daba el coro. Éste, el local para los ensayos, el vestuario y otros gastos dependían de los coregas, posición ambicionada por muchos. Luego venía la selección de los actores. Si se trataba de un solo personaje, el mismo autor lo representaba. Cuando eran varios, los arcontes los elegían por concurso, y el poeta designaba entre ellos los que fueran más de su agrado. A lo sumo eran 3, que iban cambiando de máscara según el sentimiento que fueran representando. Algunos comentaristas creen que la máscara tenía una bocina para aumentar la voz.



Actor en griego es hypókrites. El primer actor era el protagonista, el segundo el deuteragonista y el tercero el tritagonista.


Cuando todo estaba listo para la representación se realizaba una ceremonia llamada proagón: desfilaban el corega, el autor y los autores en el Odeón, pequeño teatro en las vecindades de uno más amplio en el cual se realizaban las representaciones. Para evitar aglomeraciones de público, se decidió vender las entradas y numerarlas.


El jurado que concedía los premios estaba compuesto por 18 personas. Al comienzo el premio para la tragedia era una cabra, y para la comedia una cesta de higos.



Bibliografía:

Del género dramático, la historia y nuestra lengua – Jorge Durán Vélez


martes, 28 de julio de 2009

Cruel Galeazzo Sforza

Castillo Visconteo, Pavía

Convertido en duque de Milán a la muerte de su padre, Galeazzo Sforza se entregó a las mayores crueldades. Las horribles torturas que infligía a sus víctimas causaron el horror de los cronistas de la época, que llegaron a describirlo como otro Nerón. Incluso se rumoreó que había envenenado tanto a su madre como a Dorotea Gonzaga, de la que deseaba deshacerse para contraer otro matrimonio más deseable. Es posible que estas acusaciones carecieran de fundamento, pero algunos de sus actos justifican las sospechas de locura que despertaba en sus contemporáneos. Por ejemplo, en una ocasión ordenó a sus artistas que decoraran una sala del castillo de Pavía con retratos de la familia ducal en una sola noche, bajo pena de muerte instantánea si no se cumplía.


Al mismo tiempo, Galeazzo demostró ser un mecenas del arte y la cultura. Fundó una biblioteca en Milán, invitaba a intelectuales de la universidad de Pavía y traía cantantes de todas partes del mundo para el coro de la capilla ducal. La imprenta se introdujo bajo sus auspicios, y el esplendor de su corte sobrepasaba a cualquier otra conocida. El lujo mostrado cuando visitó Florencia escandalizó a los ciudadanos, y en opinión de Maquiavelo era muestra de una notable degeneración en la moral pública.


Durante un tiempo a los milaneses les divirtieron sus fiestas, pero pronto llegaron a no tolerar al duque Galeazzo y su crueldad. Durante la festividad de San Esteban, en el invierno de 1476, fue asesinado a las puertas de la iglesia que llevaba el nombre del santo por tres cortesanos a quienes había agraviado.


Galeazzo Sforza


El cronista Bernardino Corio, testigo de la escena, relata cómo la esposa del duque Bona de Saboya, quien parece haberlo amado mucho, había tenido un presentimiento de tragedia, rogándole que no abandonara el castillo aquella mañana. Sin embargo Galeazzo no escuchó las advertencias de su esposa ni hizo caso de los malos presagios que traían los cuervos que sobrevolaban su cabeza. Salió con su espléndido traje de brocado escarlata, alto y apuesto como era, con una presencia que siempre resultaba impresionante. Y no lo era menos en el momento en que traspasó las puertas de la iglesia mientras el coro entonaba Sic transit gloria mundi.


Tras la muerte de Galeazzo, su esposa dirigió una carta al Papa preguntándole si no podría emitir una bula absolviendo a su difunto esposo de sus muchos y graves pecados. En su ansiedad por la salvación del alma de su marido, prometió tratar de paliar ella misma sus crímenes ofreciendo una reparación a aquellos a quienes él había perjudicado, y construir iglesias y monasterios, hospitales y llevar a cabo otras obras de caridad.


Ludovico el Moro, hermano de Galeazzo, estaba ausente por la época de este asesinato. Se encontraba con uno de sus hermanos pasando las navidades en la corte de Luis XI en Tours. Regresaba a casa cuando recibió la noticia por el camino. Galeazzo dejaba un hijo de sólo 7 años, Gian Galeazzo, convertido ahora en el nuevo duque. Cecco Simonetta, el hábil secretario y ministro de su padre, era quien gobernaba en su nombre.


Gian Galeazzo Sforza


Ludovico, al cabo de un tiempo, con la ayuda del rey de Nápoles logró hacerse con la regencia como tío del pequeño duque. Pero la vida de Gian Galeazzo no sería muy larga: falleció cuando contaba 25 años. El 22 de octubre de ese año de 1494, Ludovico el Moro recibía la corona ducal.


Giucciardini, en su obra La Historia de Italia, dice lo siguiente:


Se extendió el rumor de que la muerte de Gian Galeazzo fue provocada por un uso inmoderado del coito. Sin embargo, era creencia extendida por toda Italia que no murió de enfermedad natural ni debido a ninguna clase de incontinencia, sino que había sido envenenado... No hubo nadie que dudase de que, de haberse tratado de veneno, habría sido administrado por su tío Ludovico Sforza”.


La acusación no concuerda bien con el carácter de Ludovico, aunque sí con su desmedida ambición. Sea como fuere, la sombra de esa duda no ha dejado de oscurecer su recuerdo a lo largo de los siglos.


domingo, 26 de julio de 2009

La infancia de Ludovico el Moro

Ludovico Sforza

Ludovico era el cuarto hijo de Francesco Sforza, el famoso condotiero que se había casado con Bianca, hija del último Visconti. Francesco gobernó como duque de Milán durante 20 años apoyándose en los derechos de su esposa.


El 19 de agosto de 1451, año y medio después de Francesco fuera proclamado duque, Bianca daba a luz un niño en su palacio de verano de Vigevano. Se le impuso el nombre de Ludovico Mauro, posteriormente cambiado por Ludovico María cuando, tras recuperarse de una grave enfermedad a los 5 años, su madre lo puso bajo la especial protección de la Virgen, e hizo ricas ofrendas a San Antonio de Padua, para lo cual despachó a uno de sus sirvientes hacia aquella ciudad. No cabe duda, sin embargo, de que Mauro fue el segundo nombre que se le dio a nacer, y que de ese nombre deriva el apodo de El Moro por el que fue conocido. Esto a pesar de que en ocasiones se ha querido explicar por el hecho de haber sido muy moreno y de pelo negro. Otros, sin embargo, afirman que El Moro se refería al árbol de la mora que había adoptado como divisa.


Sean cuales sean las teorías, sabemos que los primeros en llamarle Moro, ya durante su infancia, fueron sus propios padres. Es más bien debido a esto que después adoptó Ludovico tanto la cabeza de moro como el árbol como emblemas. Esto servía frecuentemente de inspiración a la corte, de modo que apenas había ballet o mascarada en la que no se introdujeran vestimentas morunas, y el color de la mora se puso de moda entre las damas, además de ser comúnmente llevado por los pajes de palacio.


Bianca Visconti


Ludovico pronto dio muestras de su amor por la literatura, y de las grandes habilidades que le distinguieron durante toda su vida. Su rapidez al aprender, su memoria extraordinaria y la fluidez con la que hablaba y escribía latín asombraban a sus tutores. Su madre dirigía los estudios de sus seis hijos, a los que proporcionó una admirable educación, tanto en cuanto a cultura como a las artes de la caballería.”Recordemos que tenemos que educar a príncipes”, le decía a su tutor, “no simplemente a intelectuales”. En su ausencia, los niños debían escribirle una vez a la semana en latín. Varias de esas cartas se conservan aún en los archivos de Milán, a disposición de los más incrédulos.


El duque Francesco cabalgaba con sus hijos por las calles de la ciudad, visitaban las iglesias y conventos que se iban erigiendo, el nuevo hospital, objeto de los tiernos desvelos de Madonna Bianca, las avenidas flanqueadas de robles y los jardines con los que a ella le gustaba rodear sus santuarios favoritos. En casa, los niños ayudaban a su madre a entretener a sus invitados con música y baile, y la acompañaban en sus visitas a nobles familias milanesas. El día de Navidad había en la ciudad un festival que siempre se celebraba con mucha pompa. En esa ocasión cada uno de los cuatro hijos mayores del duque pronunciaba un discurso en latín, y Ludovico deleitaba entonces a todos los presentes.


Francesco Sforza


Su propio padre lo distinguía entre todos sus hijos, y decía que el chico haría grandes cosas. Por eso, Francesco lo eligió cuando contaba trece años para que liderara un cuerpo de tres mil hombres que iban a unirse a la Cruzada predicada por el Papa Pío II. El 2 de junio de 1464 el estandarte ducal con el león de oro de la Casa de los Sforza fue puesto solemnemente bajo su mando, ante los ojos de toda la corte en la plaza frente al viejo palacio, hermosamente decorado para la ocasión con guirnaldas y tapices. Pero el Papa murió y se abandonó la idea de la Cruzada.


Ludovico fue entonces enviado por su padre a Cremona, la ciudad que había sido la dote de Bianca, y cuyos habitantes se encontraban entre los súbditos más leales. Allí vivió los dos años siguientes, comenzando a disfrutar el ejercicio del poder y haciéndose popular. En 1465 su hermana se casó con Alfonso, duque de Calabria, y Lorenzo de Médicis acudió a Milán para la boda. Allí se reunieron ambos por primera vez y descubrieron esos gustos e inclinaciones que tenían en común, y que más adelante los conducirían a una estrecha relación.


La infancia de Ludovico, de la que ya quedaba poco rastro, concluyó definitivamente en 1466, con la súbita muerte de su padre, sucedido por el mayor de los hijos, Galeazzo, el cruel Galeazzo, tan ingrato con su propia madre. Pronto todo el mundo oiría hablar de Ludovico el Moro. Pero esa será otra historia.


viernes, 24 de julio de 2009

Cellini y la peste

El Perseo

La peste seguía causando víctimas, entre éstas muchos de mis compañeros y conocidos. Yo me creí a salvo de ella. Una noche vino a cenar con un amigo suyo, que era también mío y compañero de arte, una cortesana boloñesa, llamada Faustina.


Era ésta una mujer bellísima, pero de casi treinta años, y tenía consigo una jovencita de trece o catorce. Por ser la mencionada Faustina cosa de mi amigo, por todo el oro del mundo no la hubiera tocado. A pesar de que ella decía estar muy enamorada de mí, constantemente observaba fidelidad a mi amigo; mas luego que se fueron a su lecho, yo robé aquella criadita, la cual estaba nueva, sin estrenar, que ¡ay de ella si su ama lo hubiera sabido!


Así pues, la gocé aquella noche, con mucha mayor satisfacción por mi parte que hubiera tenido con su ama Faustina. Acercándose la hora de desayunar, y rendido yo, que muchas millas había caminado, al querer tomar el alimento me acometió un gran dolor de cabeza, con muchas bubas en el brazo izquierdo, manifestándose un carbunco en la muñeca de la mano izquierda, por la parte de afuera. Se espantaron todos en casa, y mi amigo y las dos putas, la grande y la pequeña. Todos huyeron; por donde vine a quedar solo con un pobre mancebillo mío, que no quiso dejarme; sentí desfallecer el corazón, y me tuve, en verdad, por muerto.


Salero de Francisco I


En esto, pasando por la calle el padre de aquel mi aprendiz, que era médico del cardenal Iacopacci y estaba a sueldo suyo, dicho mancebo dijo a su padre:


—Benvenuto está enfermo en el lecho.


No pensando qué podría ser esa indisposición, entró a verme en el acto, y tomándome el pulso vino a comprender lo que hubiese querido que no fuera. Se volvió de súbito al muchacho y exclamó:


—¡Oh, hijo traidor y fementido, me has arruinado! ¿Cómo puedo ir ya a la presencia del cardenal?


A lo que el niño repuso:


—Mucho más vale, padre mío, éste mi maestro que cuantos cardenales tiene Roma.


Entonces el médico se dirigió a mí, diciéndome:


—Pues ya que estoy aquí, quiero medicarte; sólo de una cosa has de estar advertido, y es que si usaste del coito peligras de muerte.


A lo cual repliqué:


—Pues esta noche lo he usado.


—¿En qué criatura y cuándo?


—En una mocita que era doncella.


Entonces, advertido de las imprudentes palabras que empleó, me dijo:


—Tanto por ser recientes las bubas, que aún no hieden, cuanto por llegar a buena hora el remedio, no temas, que yo espero de todos modos curarte.


Benvenuto Cellini


Me medicó y partió súbito; compareció luego un amigo muy querido, llamado Juan Rigogli, el cual, apiadándose de mi gran mal y de hallarme tan solo, abandonado por mi compañero, dijo:


—Benvenuto, no me apartaré de ti hasta que estés curado.


Le contesté que no se acercase a mí, porque estaba desahuciado. Tan sólo le rogué que, cuando Dios me hubiese quitado del mundo, cogiese una buena cantidad de escudos que había en una cajita cercana a mi lecho, y que se los enviase a mi pobre padre, escribiéndole afablemente.


Mi buen amigo me dijo que en modo alguno se separaría de mí; y que respecto a cualquier desenlace de este asunto, sabía muy bien lo que era conveniente hacer por el amigo. Y así pasamos adelante con la ayuda de Dios y con los oportunos remedios; comencé a aliviarme, y pronto escapé con bien de aquella tan grave enfermedad.


Teniendo aún abierta la llaga y encima una compresa con ungüento, marché, jinete en un potrillo que yo tenía sin domar. Sus pelos eran largos, y parecía un oso. Sobre él fui en busca del pintor Rosso, que estaba en Civitavecchia, en un pueblo del conde de Anguillara, llamado Cervetera. Me recibió con grandes muestras de alegría. Feliz y alegre, regalado con óptimos manjares y mejores vinos por dicho conde, allí permanecí cerca de un mes. Todos los días iba solo a pasear a la orilla del mar, donde hacía gran acopio de piedrecillas, conchas y caracolas raras y lindísimas.


El último día me asaltaron muchos hombres, los cuales, disfrazados, habían descendido de una barca de moros. Con poca esperanza de no acabar abrasado o herido, cabalgué rápido en mi caballejo, y, como Dios quiso, el potranco saltó lo que es imposible de creer, y cuando me vi a salvo, di gracias a Dios. Se lo narré al conde; dio la alarma; se vio el bajel en el mar. Al otro día, sano y salvo, me volví a Roma.



Benvenuto Cellini – Mi vida, capítulo VII


jueves, 23 de julio de 2009

La Maldición de Tutankamon



A Howard Carter le llevó diez años catalogar toda la colección que había encontrado en la tumba de Tutankamon en 1922. Su descubrimiento en el Valle de los Reyes resultó de lo más espectacular, y daba a conocer buena parte del mundo secreto de los faraones. Todo lo egipcio se puso de moda por esa época.

Carter fue financiado por George Herbert, quinto conde de Carnavon, que compartía su pasión por la egiptología. Le proporcionó los medios para llevar a cabo una expedición de cinco años. El tiempo se agotó sin que hubieran logrado nada, pero la confianza y la firme determinación de Carter por encontrar la tumba de Tutankamon persuadieron a Carnavon para que prorrogara su ayuda económica durante un año más.

Poco después de que fuera abierta la tumba real, comenzó a circular el rumor de que había caído una maldición sobre aquellos que habían perturbado el sueño del faraón. Según Carter, se encontró una tableta de arcilla en la antecámara con la inscripción: “La muerte llega alada para aquel que perturbe el sueño de los reyes”. La tablilla nunca fue catalogada, y es probable que sólo existiera en la imaginación de Carter. Los arqueólogos no informaron de ninguna evidencia de la tablilla ni de tal maldición encontrada en esa tumba ni en la de otro faraón. Sin embargo, los periódicos no tardaron en publicar la noticia, promoviendo la idea de la maldición de la momia.

Tumba de Tutankamon en el Valle de los Reyes

La historia comenzó cuando Carter compró un canario para su casa. Casi tres semanas antes de que la tumba fuera descubierta, los trabajadores descubrieron un escalón cortado en la roca, con 15 escalones más que conducían a una puerta. Esa misma noche, una cobra entró en casa de Carter y devoró al canario. Al ser la cobra un símbolo de la realeza, se consideró como indicativo de la maldición del faraón. Sin embargo, como hombre de ciencia Carter no hizo el menor caso, pues al parecer las cobras no son inusuales en Egipto durante el invierno
.
Lord Carnavon falleció repentinamente en El Cairo cinco meses después de la apertura de la tumba, convirtiéndose en la primera víctima humana de la momia. Murió a consecuencia de un envenenamiento en la sangre debido a que se le infectó la picadura de un mosquito al afeitarse sin cuidado. Los rumores sobre la maldición subieron de tono cuando se supo que la picadura en su mejilla estaba justo en el mismo lugar que la cicatriz que tenía Tutankamon en la cara. Además, cuando falleció Carnavon las luces de El Cairo se apagaron durante 20 minutos. Esto tampoco era insólito, pero mientras tanto en Inglaterra se informaba de que el perro había emitido un aullido y caído muerto en el mismo instante en el que fallecía su amo en otro continente.

Lord Carnavon

Howard Carter vivió durante 17 años después de su descubrimiento. Murió a los 66 años en Inglaterra, por causas naturales. Y la hija de Lord Carnavon, que estuvo presente con ambos durante la apertura de la tumba, sobrepasó los 70 años.

Sin embargo, para 1929 once de las personas implicadas en el descubrimiento habían muerto por causas no naturales, de un modo o de otro. Hubo un hombre, hijo de un financiero, que visitó la tumba y falleció al día siguiente por una extraña fiebre. A un magnate del ferrocarril le ocurrió exactamente lo mismo y en el mismo plazo de un día. Un industrial británico falleció a bordo del barco que lo llevaba de regreso tras la visita, a consecuencia de la misma fiebre alta. Un radiólogo que trabajó con la momia también murió al regresar a Inglaterra. La lista continúa con dos profesores, dos arqueólogos y la propia esposa de Carnavon, que al igual que su marido murió al infectarse una picadura de mosquito en 1929. El secretario de Carnavon había fallecido el mismo año mientras dormía. Tres meses después el padre del secretario se quitó la vida saltando por una ventana. Dejó una nota de suicidio, culpando de la muerte de su hijo y de la suya propia a la maldición. Camino del funeral, el coche fúnebre atropelló fatalmente a un joven, y en el mismo momento un empleado del Museo Británico, especializado en el departamento de egiptología, también moría. En un periodo de dos décadas se culpó a la maldición de la muerte de 21 personas.

Howard Carter

En los años 70 el Director de Antigüedades de Egipto soñó que moriría si el tesoro abandonaba el país. Así sucedió, y se mató en un accidente de tráfico tres meses después de que se organizara la primera exposición fuera de Egipto. La maldición se cobraba su víctima número 25.

Más recientemente algunos científicos han sugerido que la “maldición” pudo haber sido en realidad esporas de hongos encontradas en las momias. Las esporas pueden sobrevivir miles de años en un lugar oscuro y seco. La mayoría son inofensivas, pero pueden ser tóxicas, y conducir a un fallo orgánico y a la muerte al penetrar en los cuerpos a través de la nariz, la boca o los ojos.

Los interesados en este tema encontrarán otro artículo al respecto en el blog Veritas. Aquí tienen el link.

miércoles, 22 de julio de 2009

La herejía de los bogomilos

Cátaros, bogomilos y paulicianos

Los bogomilos aparecieron en los primeros decenios del siglo X, tomando su nombre del predicador búlgaro Bogomil.


Distinguían entre Dios, creador del espíritu, y el demonio, creador de la materia. Según ellos, Dios había tenido dos hijos: Satanail y Miguel. El primero se rebeló contra su padre convirtiéndose en espíritu del mal. Como los paulicianos, aceptaban el dualismo, según el cual el mal no procede de Dios, sino que viene del demonio, a quien se supone el verdadero creador del universo. Predicaban la igualdad social y la liberación de los humildes del dominio del clero y de la nobleza, pues el mismo demonio que había creado el mundo había inspirado también el orden social imperante y la comunidad ortodoxa, con sus iglesias, ceremonias y sacramentos.


Con el tiempo fueron agregando otras creencias, como el rechazo a la doctrina del divino nacimiento de Jesucristo o el desconocimiento del misterio de la Santísima Trinidad, aparte de lo cual renunciaron a los sacramentos. Rechazaban el matrimonio y solían practicar el celibato.


Santuario bogomilo en Bosnia


El bogomilismo se difundió durante el siglo siguiente en los Balcanes y hasta los confines de Bizancio. Fue ferozmente perseguido por los soberanos búlgaros y por los emperadores bizantinos, porque los bogomilos señalaban precisamente al Papado y al Imperio bizantino como los principales pilares de aquel orden opresivo, y ponían activamente en marcha la rebelión contra el Estado. Se dispersaron por toda la Europa central y occidental, donde sufrieron la represión de las autoridades católicas.


En 1023 el rey de Francia, Roberto el Piadoso, a petición de la Iglesia, hizo quemar en la hoguera de Orleáns a una decena de herejes “maniqueos” (probablemente una vanguardia de bogomilos, o quizá un primer rastro de los cátaros).


En Bosnia el bogomilismo llegó a ser religión del Estado. En 1203, el soberano Kulin consiguió conservar el poder a cambio de abandonar la doctrina bogomila por la católica-romana, aceptando la tutela húngara.


Cementerio bogomilo en Bosnia


A pesar de este incidente, el bogomilismo tendrá una gran influencia en Europa durante los siglos XII y XIII, sirviendo de caldo de cultivo para el florecimiento de otras herejías, como la cátara.


No se extinguieron hasta el siglo XV. Cuando los turcos invadieron la península de los Balcanes gran parte de los bogomilos se aliaron con ellos frente a los cristianos. Muchos abrazaron el islamismo.


lunes, 20 de julio de 2009

La Reina de Saba



La Reina de Saba es una figura de primer orden dentro de la leyenda etíope, y supuestamente el origen de su dinastía imperial. Sin embargo, frecuentemente también se la ha considerado reina del Estado llamado Saba en el sur de Arabia, es decir, el moderno Yemen. Este país llegó a ser muy conocido en el Mediterráneo oriental a causa de su rico comercio con el incienso, parte del cual llegaba al puerto de Gaza a través de las rutas del desierto desde el sur. En Arabia y en la Palestina antigua y medieval se creía que la reina de Saba era en realidad una reina árabe llamada Belkis, y que el reino yemenita de Himyar era su dominio.


El historiador Josefo, nuestra fuente más antigua, la llamaba reina de Egipto y de Etiopía, aunque en su época Etiopía se refería al reino de Meroë, actual Sudán. La primera mención que une a la reina de Saba con la actual Etiopía es un relato árabe en la Historia de los Patriarcas de Alejandría. El cronista de los patriarcas coptos, Miguel de Tinnis, lo escribió en el siglo XI. Localizaba Saba en el país llamado Abisinia. A principios del siglo XIII un escritor llamado Abu Salih, probablemente un armenio cristiano que vivía en Egipto, en su libro sobre iglesias y monasterios egipcios incluyó una referencia en la que decía: “Abisinia es el reino de Saba; desde allí la reina del Yemen fue a Jerusalén para escuchar las sabias palabras de Salomón”. Resulta extraña esta aparente confusión en la que mezcla dos países diferentes.


Hacia 1520 el portugués Francisco Alvares, viajando por Etiopía registró alusiones a la reina como la soberana etíope Makeda. Fue el primer extranjero en publicar un relato de la visita de la reina de Saba a Salomón según constaba en los documentos etíopes.


En la actualidad sabemos que existió en Etiopía un lugar con el nombre de Saba, y que una gran civilización floreció en Tigray y Eritrea mucho antes de que Aksum alcanzara el poder. Las inscripciones de gobernantes de este reino pre-aksumita se refieren a D’amat y Saba. Por la naturaleza del material encontrado por los arqueólogos, es evidente que idioma y cultura guardaban relación con los del Yemen, y sin embargo era una Saba Etíope. Los restos de una importante civilización en ese lugar son claros, como demuestra el templo de Yeha.

Arqueólogos alemanes encontraron hace un año los restos del palacio de la legendaria reina de Saba en Axum, Etiopía. Un grupo de científicos, bajo la dirección del profesor Helmut Ziegert, durante una investigación de campo dio con un palacio que data del siglo X a. C. La nota enviada por la Universidad de Hamburgo añadía la jugosa hipótesis de que en ese palacio pudo estar custodiada durante un tiempo el Arca de la Alianza.

Palacio de la Reina de Saba en Axum

Los restos de la residencia de la reina de Saba se hallaron bajo el palacio de un rey cristiano. Las investigaciones han revelado, además, que hubo un palacio anterior, el cual fue trasladado poco después de su construcción y levantado de nuevo para ser orientado hacia la estrella de Sirius. Los arqueólogos suponen que fue Menelik I, rey de Etiopía —el hijo que tuvo la reina de Saba del rey Salomón—, quien ordenó levantar el palacio en su lugar final, y destacan que en ese palacio había un altar que fue el lugar donde probablemente reposó el Arca de la Alianza, un cofre de madera de acacia recubierto de oro, según la tradición.

En el Kebra Negast o Libro de la Gloria de los Reyes, completado a principios del siglo XIV, se describe cómo el Arca de la Alianza fue llevado a Etiopía, y cómo Salomón sedujo a Sheba. De la relación de ambos nació un hijo, Menelik I, rey de Etiopía y fundador de la civilización aksumita. Su nombre significa “Hijo del hombre sabio”. Todos los posteriores gobernantes, incluido Haile Selassie, el último emperador etíope, han hecho remontar su ascendencia a Menelik.


La reina es descrita en los términos más halagadores, y se afirmaba que reinaba desde hacía seis años cuando conoció a Salomón, habiendo permanecido virgen. Era vigorosa y bella, llena de atractivos y con una hermosa figura.




Bibliografía:

The Quest for the Ark of the Covenant – Stuart Munro-Hay

The history of Ethiopia – Saheed A. Adejumobi

Reversing sail – Michael Angelo Gomez

El País, 8 de mayo del 2008, sección cultura


sábado, 18 de julio de 2009

SAMURAI

Pabellón Dorado - Kyoto

En tiempos remotos, Japón era gobernado por un emperador y su corte. El emperador era tratado como un dios y se creía que descendía de la diosa sol, Amateratsu. Por debajo del emperador estaban los nobles y por debajo de los nobles había muchas categorías de samuráis. Más abajo estaban los campesinos que trabajaban las tierras de los nobles. En aquellos tiempos, cualquiera podía ascender para convertirse en samurai, pero después ya sólo aquellos nacidos de padres samuráis podían ostentar el rango.


Parece que la palabra samurai significa servir. Originalmente eran soldados que servían a la corte imperial y eran absolutamente leales al emperador, pero también protegían a las familias de los nobles. Datan del siglo X.


Desde los tiempos más remotos, el arroz ha sido el producto más importante de Japón. Aquel que poseyera los campos de arroz controlaba la riqueza del país. Hacia el siglo XII muchos hombres poderosos poseían tierras y castillos lejos del palacio del emperador en Kyoto. Para protegerse de las bandas de ladrones, y de ellos mismos, los nobles empezaron a tener sus propios ejércitos de samuráis. Las armas preferidas eran el arco, la flecha y la lanza.



El guerrero samurai seguía un código del honor llamado bushido, “el Camino del Guerrero” y prometía lealtad completa a su señor. Un samurai que se distinguiese en la batalla podía recibir un lote de tierras como recompensa.


Con el apoyo de estos ejércitos los nobles ganaban el control de vastos territorios. Estas nobles familias comenzaron a aliarse para formar clanes que acabarían siendo más poderosos que el propio emperador. Los clanes, con frecuencia, mantenían disputas entre ellos. Finalmente estalló la guerra civil entre los dos clanes más poderosos: el Minamoto o Genji, y el Taira o Heike. Y Japón entró en la Edad de la Espada.


En las antiguas historias, la primera espada mencionada es siempre la espada sagrada, forjada en la cola de una gigantesca serpiente de ocho cabezas, cuya parte inferior estaba escondida por nubes de humo negro.


Según la leyenda, la espada era uno de los tres tesoros que fueron entregados por los dioses al emperador para constituir las insignias reales o las joyas de la corona. Los otros dos eran un espejo de hierro y un collar. Así que la espada, símbolo del poder divino del emperador, ha sido venerada por los japoneses desde tiempos antiguos.


Tokugawa Ieyasu (1542-1616), uno de los jefes samuráis más importantes, llamó a la espada “el alma del samurai”. Para un samurai no había posesión más preciada que su espada. Se colocaba una en su habitación el mismo día de su nacimiento, y también se depositaba una en su lecho de muerte. A lo largo de su vida acostumbraba a dormir con su espada cerca de la almohada y la llevaba consigo dondequiera que fuese. Pasaban de generación en generación, y cualquier falta de respeto a la espada era vista como un insulto hacia toda su familia. Se consideraba una grave ofensa tocar de cualquier modo la espada de otro sin su permiso, una afrenta que podía terminar en un duelo. Por este motivo, debían tener cuidado para no rozarse entre sí al caminar por la calle.


Creían que las mejores hojas de los mejores fabricantes de espadas tenían poderes espirituales en sí mismas. Las que habían sido usadas en combate eran especialmente apreciadas. Aquellos que hacían las espadas eran reverenciados como artistas y hombres santos, y el taller de un forjador de espadas era considerado como un templo donde se realizaba un trabajo sagrado. En un cartel típico puesto para indicar un taller, se leía: “Se pulen almas”.



Bibliografía:

Breve historia de los samurais – Carol Gaskin y Vince Hawkins