domingo, 28 de febrero de 2010

Fulco el Negro, Conde de Anjou

 

Fulk Nerra, Fulco el Negro, antepasado de los reyes Plantagenet, fue uno de esos grandes señores feudales, más poderosos que los reyes. Sólo tenía 15 años cuando sucedió a su padre Godofredo I como conde de Anjou el 21 de julio del 987, y bajo su gobierno el territorio se amplió considerablemente y adquirió una importancia como nunca antes había tenido.

Construyó numerosos edificios, principalmente para servir como defensa. Hizo erigir más de cien castillos, torres y abadías, incluyendo Château-Gontier, Loches y Montbazon. Fulco fue, además, inteligente, un buen administrador, un magnífico general, genial estratega y un hombre que se destacó por su valor personal, rápido en decidir y más rápido aún en actuar. Según el historiador Achille Luchaire, fue “uno de los batalladores más combativos de la Edad Media”. 

 Loches

En la batalla de Conquereuil mató con su propia mano a su cuñado Conan I de Rennes, duque de Bretaña, casado con su hermana Ermengarda. Con esta victoria extendió su poder a los condados de Maine y Turena. A su principal enemigo, Eudes II de Blois, lo derrotó gracias a su alianza con los reyes Capeto. Año tras año combate sin cesar contra los bretones y contra la Casa de Blois, su obsesión.

Pero “El halcón negro” también era ambicioso, violento hasta el crimen, codicioso, cruel. Encerró en las mazmorras a su propio hermano. No tuvo escrúpulos a la hora de masacrar prisioneros y de entregar a la tortura a los hijos del gobernador de la fortaleza de Saumur. Incendió granjas y conventos. Hizo quemar en una hoguera en la plaza de Angers, con su vestido de novia, a su primera esposa y prima suya, Isabel de Vendôme, se dice que después de sorprenderla cometiendo adulterio con un pastor de cabras. Según otras versiones, Fulco la acusa porque estaba deseoso de librarse de ella, ya que no le había dado heredero varón, y hace que sea juzgada por un tribunal complaciente. El pueblo, que amaba a su condesa, asiste horrorizado a este espectáculo de terror.

 Angers

Días después Angers es arrasado por un incendio. La gente estaba convencida de que se trataba de una venganza divina, y Fulco, supersticioso, también lo creyó así. Llegó a concebir verdadero pánico a arder en el infierno. Tenía pesadillas, pensaba que por las noches sus víctimas salían de sus tumbas para perturbar su sueño reprochándole sus crímenes y su barbarie. El conde de Anjou, en palabras de La Varende, “oscilaba entre el crimen y el remordimiento, el asesinato y la devoción, el drama y la comedia”.

Su hijo, Godofredo II Martel, le hizo la guerra. Fulco lo derrotó y le impuso un humillante castigo: le obligó a comparecer ante él ensillado como un animal de carga, suplicando perdón a sus pies mientras él le gritaba exultante: “¡Te he vencido, te he vencido!”

Sin embargo, en todo el condado se le ama y se le respeta. Tiene prestigio, y la gente celebra sus victorias. Da un ejemplo a sus propios vasallos y a otros grandes señores al rendir homenaje sin discutir al rey de Francia, siendo tan poderoso.

 Fulco III de Anjou

Pero nadie debía engañarse por las apariencias. Aunque fuera con todo el ceremonial debido, tenía al rey bajo su bota. Roberto el Piadoso estaba casado con Constanza, sobrina de Fulco y con un carácter tan violento como el suyo. Roberto confiaba tanto en el criterio de uno de sus barones, Hugo de Beauvais, que rara vez tomaba una decisión sin consultarle, lo que despertó la inquina de la reina contra él. Constanza le envió un mensaje a su tío contándole todas sus cuitas, y el Halcón Negro comprendió de inmediato lo que se esperaba de él. Un día en que el rey y su amigo se encontraban cazando, Hugo se vio rodeado por una docena de esbirros a sueldo del conde de Anjou. Estos le hacen una reverencia al rey y luego, ante sus propios ojos, decapitan al favorito.

Roberto, sobrepasado por los acontecimientos, no osa vengarse. Se limita a hablar con Fulberto, obispo de Chartres, y el conde de Anjou recibe de él una amonestación de las más severas, pues es amenazado con la excomunión y obligado a postrarse de rodillas delante del rey. Era lo más efectivo para conseguir algo de él: temeroso una vez más de ser apartado de la Iglesia y condenado al infierno, se inclina y reconoce su culpa.

 Roberto el Piadoso

Un día, tras muchas siniestras aventuras, guerras, incendios, saqueos por el placer y el botín, cargado de remordimientos tomó el camino de Tierra Santa y acudió a Jerusalén para pedir perdón a Dios y ganarse la salvación en el mismo sitio donde Cristo pagó con su muerte los pecados de los hombres. No sería la última vez: Fulco haría varios peregrinajes distintos a lo largo de su vida. 


CONTINUARÁ

sábado, 27 de febrero de 2010

Nuevo premio


Muchisimas gracias a mesdames Noa y Amatista, del blog Pensamientos, fantasías, magia y algo más, que han venido a decirme que mi blog es uno de los elegidos para compartir este bonito premio.

Guardo un cariño muy especial por Noa y Amatista, porque no olvido que ellas fueron de las primeras personas con las que me encontré a través de este medio, porque son dos verdaderas damas, gente maravillosa con toda esa magia y fantasía que anuncia su blog, y porque les agradezco mucho que no se olviden de mí a pesar de que han ido reuniendo tan enorme número de seguidores entre los que elegir.

Mesdames, muchísimas gracias. Me hace muy feliz su recuerdo.

viernes, 26 de febrero de 2010

Al-Hakim y la secta de los drusos

 
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 Mezquita de Al-Hakim

La personalidad de Al-Hakim Hakim constituye una buena prueba de que la realidad a menudo presenta dos caras. Para unos “El califa loco” y para otros manifestación de la divinidad, fue proclamado califa a la edad de 11 años. A partir del año 1004 el sexto califa fatimí de Egipto reacciona brutalmente contra los cristianos, promulga decreto tras decreto, confisca los bienes de la Iglesia, hace quemar las cruces y después las iglesias. Obliga a los cristianos a llevar al cuello una cruz de cobre de cinco kilos, a los judíos un cepo de madera representando una cabeza de ternero y una campanilla. Tanto unos como otros debían llevar un sombrero negro.

En el año 1005, “El califa loco” obligó a los habitantes de El Cairo a trabajar de noche y dormir de día, porque él no soportaba la luz del sol. La ciudad debía permanecer iluminada durante toda la noche, y él mismo recorría las calles a lomos de su asno Luna, acompañado de un negro gigantesco, para comprobar que las antorchas estaban encendidas. También ordenó matar a todos los perros, porque sus ladridos le molestaban.

Pero no se limitaba a matar perros: asesinó, a veces personalmente, a la mayoría de sus visires, a  funcionarios, jueces, poetas, cocineros, médicos, soldados y parientes; mataba, en fin, a todos aquellos que no cabían en sus cárceles. Ordenó incluso decapitar a su tutor cuando tenía sólo 15 años, por temor a que le arrebatara su poder. Infundía tal terror que los dignatarios que lo visitaban besaban el suelo en su presencia y le pedían perdón.

 Califato fatimí
Otro de sus caprichos fue prohibir un plato llamado mulukhiyya,  muy apreciado en Egipto. Regulaba qué se podía comer o beber. Tampoco permitía comer uvas ni plátanos, ni beber vino. Además no podían coincidir ambos sexos en un mismo establecimiento. En el 1014 va más allá y prohíbe a las mujeres salir de casa e incluso asistir a funerales. Las no musulmanas debían llevar zapatos de dos colores: uno rojo y otro negro, para poder identificarlas, pero al final los zapateros recibieron órdenes de no hacer zapatos femeninos. En los baños públicos la gente debía cubrir su cuerpo, y cristianos y judíos tenían que llevar ropas diferentes. Daba regalos a los jóvenes para que saltaran desde un lugar alto del palacio a un estanque. Unos 30 se mataron porque en lugar de aterrizar en el estanque se golpearon contra las rocas.

Al-Hakim convirtió la iglesia del santo sepulcro en depósito de basura. El 18 de octubre del año 1009 la hizo derribar. En menos de 10 años miles de iglesias y sinagogas fueron quemadas o saqueadas, y muchos cristianos salvaron la vida haciéndose musulmanes. Los sunitas tampoco se libraron de sus persecuciones.

Iglesia del Santo Sepulcro

En 1013 Al-Hakim, para complacer al emperador de Oriente, consiente en dejar emigrar a tierra de Bizancio a los cristianos que así lo deseen, pero las persecuciones prosiguen hasta el año 1016, cuando el califa, ahora convencido de que él mismo es de esencia divina, hace proclamar su divinidad, prohíbe a los musulmanes el ayuno del Ramadán y el peregrinaje a la Meca.

En el año 1019 planeó el robo de los restos de Mahoma, pero no pudo ser porque se reunió una multitud que casi mata a los encargados de llevarlo a cabo.

La exasperación de los fieles llega al colmo cuando Hakim impone que en el servicio de las mezquitas se sustituya el nombre de Alá por el suyo propio. Busca entonces las simpatías de los cristianos y de los judíos contra los musulmanes ortodoxos. Los apóstatas vuelven a la religión y los bienes confiscados son devueltos. No tarda en reinar el caos.
 Estrella de cinco puntas, principal símbolo de los drusos
Cuando tenía 36 años Al-Hakim sale de viaje a lomos de su mulo, sin escolta, y desaparece. El animal se encontró posteriormente junto a un pozo cubierto de sangre. No se sabe a ciencia cierta qué fue del califa, pero se cree que su hermana le envió asesinos que acabaran con su vida. Ella había intentado hacerle razonar, pero sólo consiguió que la acusara de adulterio.

Los seguidores de Al-Hakim, la secta de los drusos, profesan una religión que lo considera la última manifestación de la divinidad, pues creen que Dios se reencarna o se hace presente en algunas personas espiritualmente destacadas. El nombre de drusos deriva del de uno de sus fundadores, Al-Darazi. Esperan el regreso de Al-Hakim a la tierra como el Mesías para gobernar en una nueva edad de oro. Creen que no murió, sino que Dios lo ocultó, y comenzaron a adorarlo en las montañas del Líbano.

Se rigen por siete principios morales: amor a la verdad, cuidar del prójimo, renunciar a cualquier otra religión, evitar el mal y al diablo, reconocer la presencia divina en todos los hombres, aceptación de todos los actos de Al-Hakim y actuar en total obediencia a su voluntad.

 Mujer drusa en el siglo XIX
Hoy los drusos habitan en el Líbano, Israel, Siria y Jordania., pero existen pequeñas comunidades por todo el mundo. En total son un millón. Mantienen en secreto buena parte de los detalles de su fe, por lo que se conoce poco sobre ellos, y no aceptan conversiones ni permiten matrimonios con miembros de otros credos. Creen en la reencarnación: las almas nacen repetidas veces hasta alcanzar la perfección y la unión total con Dios. El cielo es el lugar donde terminan, y el infierno la distancia que separa a un alma de Dios. Rechazan la poligamia. También el consumo de tabaco, alcohol o carne de cerdo, si bien no de modo estricto. Peregrinan a La Meca, pero no están obligados a hacerlo.

Los iniciados visten ropa negra, llevan bigote, se afeitan la cabeza y la cubren con un turbante blanco. El resto, los ignorantes, reciben apoyo de los iniciados aunque sin tener acceso a la literatura secreta sagrada. Consideran a las mujeres especialmente adecuadas para ser iniciadas, porque piensan que son espiritualmente superiores a los hombres. Cualquier persona puede solicitar ser un iniciado, pero para ello debe observar una vida de recta moral y pasar largos períodos de prueba en los que ha de mostrar su capacidad para guardar los secretos que se le confiarán. Los jueves por la tarde se reúnen para comentar los textos sagrados o los asuntos políticos.

 Hombre druso
Coinciden con el Islam en reconocer la autoridad de los libros santos, desde la tora a los evangelios y el Corán, pero rechazan que éste último contenga el dogma definitivo.

jueves, 25 de febrero de 2010

Los Médicis: el comienzo (II)

 
Basílica de San Lorenzo


Los florentinos llaman también a los bizantinos, excelentes clientes y pagadores. Así, por ejemplo, el día que el bizantino Chrysoloras desembarca a orillas del Arno, no tiene más que entrar en una residencia rodeada de jardines que acaban de construir para él. Los jardineros están terminando de decorar las fuentes. Mientras finalizan los trabajos, Chrysoloras pone punto final a la redacción de la primera gramática griega de Occidente.

Huésped también de Florencia, Leonardo Brunin redacta una traducción italiana de las obras completas de Platón. Algunos años más tarde, Poggio Bracciolini será autorizado a meter las manos en las cajas de la República a voluntad con tal de que traiga a Florencia la mayor cantidad posible de manuscritos antiguos. Tiene éxito en su tarea, pues en 1418 la biblioteca de la casa de los Médicis alberga más de 700 incunables.

Los burgueses aprenden a convertirse en humanistas. Y a principios del siglo XV los ricos van a descubrir el placer de abandonar el calor del verano para trasladarse a lo que hoy llamamos residencias veraniegas.

 Poggio Bracciolini
Los Médicis, como la mayoría de las familias acaudaladas, provienen de los pequeños valles toscanos. Sus antepasados trabajaron la tierra, se ganaron duramente las primeras monedas con las que sus hijos pudieron instalarse en la ciudad. Y adoran ese campo donde el aire es más agradable, tanto que vuelven allí por placer. Construyen residencias y palacios donde organizan casi todas las noches encuentros culturales y otros más profanos, más libertinos. ¡Ah, qué fiestas aquellas!

Los intelectuales están encantados de ser huéspedes en estas residencias. Allí, esos cortesanos del intelecto lo tienen todo. Entienden que, por el hecho de ir a cenar a casa de los Médicis, mejoran socialmente. Saben muy bien que si le hacen la corte a Giovanni podrán obtener cargos de cancilleres o embajadores. Giovanni les sonríe; para que sean útiles a su fama póstuma los designa como cronistas oficiales de la República, y a ellos debemos mucho de lo que sabemos acerca del Renacimiento italiano. En su gran mayoría son inteligentes y se agrupan para crear el humanismo neoplatónico. Al leer a los antiguos griegos advierten el parentesco que existe entre la república de Atenas y la de Florencia. No es así exactamente, ¡pero cuánto les gusta a estos comerciantes imaginarse que viven y piensan como Sócrates o Platón!

En 1422 Florencia entró en una guerra de cuatro años contra Milán, cuyo duque, Filippo María Visconti, amenazaba con apoderarse de todo el norte de Italia. Giovanni se pronunció en contra de la guerra, porque tenía el convencimiento de que la República no se encontraba lo bastante fuerte y no podía permitirse sufragar la campaña. Nadie escuchó su opinión, y Florencia sufrió seis serias derrotas en el transcurso de dos años. Sin embargo, finalmente se alcanzó el objetivo, gracias a que al cabo de cuatro años Venecia se les unió y el duque de Milán se vio obligado a concluir la paz en términos honorables para los florentinos.

 Medalla de Filippo Maria Visconti - Pisanello
Cuando en 1429 —año en que en Francia Juana de Arco se apodera de Orleáns— Giovanni de Médicis siente que se acerca su muerte, hace llamar a su hijo Cosme.

—No tengáis nunca opinión contraria al pueblo, aunque éste prefiera cosas inútiles —le dice—; no habléis jamás con la petulancia de un canciller, otorgad con dulzura y benevolencia. No transforméis el palacio público en una tienda; muy por el contrario, esperad que el palacio os llame. Ocupaos de tener al pueblo en paz y al comercio en prosperidad.

¡Cuánta lucidez y sabiduría en unos tiempos en los que Europa se pierde y empantana en la Guerra de los Cien Años!

El 20 de febrero de 1429, Giovanni, el primero de los grandes Médicis, después de espléndidos funerales que costaron una fortuna, es depositado en la iglesia de San Lorenzo, de cuya terminación se encargó él mismo. Dejaba una enorme fortuna a sus dos hijos, Cosme y Lorenzo.

 San Lorenzo

Maquiavelo dijo de él: “Nunca buscó los honores del gobierno, aunque los ostentó todos. Cuando ejerció el poder practicó la cortesía con todo el mundo. No fue hombre de gran elocuencia, pero sí de una extraordinaria prudencia”.



Bibliografía:
Florence: a portrait – Michael Levey
The Medici – Colonel G. F Young
La Fortuna y la Gloria – Claude Mossé
The rise and decline of the Medici Bank 1397-1494 – Raymond A. de Roover
The late medieval age of crisis and renewal, 1300-1500 – Clayton J. Drees
Florence and the Médici, the pattern of control -  J. R. Hale

martes, 23 de febrero de 2010

Los Médicis: el comienzo

 

 Giovanni di Bicci de Medici
Dos grandes familias dominaban en Florencia: los Albizzi y los Alberti. Pero desde 1421 deambulaba por el palacio de la Señoría, donde vivían los Alberti, un nuevo gonfaloniere de justicia llamado Giovanni di Bicci de Medici. Empujada por la ola de riquezas de la ciudad, la familia Médicis va a demostrar al mundo que el verdadero poder, ese que todo puede permitírselo, fue y seguirá siendo el poder del dinero.

Giovanni era considerado un hombre apuesto y gallardo. Pese a su rostro duro, de aspecto algo hosco aunque con un toque melancólico, todo el mundo lo sabía tan inclinado a las bromas infantiles como hábil en los negocios. Le gustaba esconder bajo una apariencia modesta su notable inteligencia y una cualidad indispensable para triunfar en Florencia: la astucia. Había nacido en 1360 y tenía 29 años cuando su esposa Picarda de Bueri dio a luz a un niño al que llamaron Cosme. Vivía entonces el matrimonio en una vieja casa de la Vía Larga, pero pronto se trasladaron a otra en la plaza del Duomo. 

 Via Larga, Florencia
Giovanni construyó su enorme patrimonio gracias a un invento personal: invertía en negocios seguros los capitales que le confiaban en Roma, Venecia y Florencia los prelados y nobles deseosos de escapar a los impuestos. Por precaución y para asegurarle discreción a la clientela, cada uno está designado en sus registros con un número romano. Estos libros se encontraron hace tan sólo unas cuantas décadas.

Después de las cuentas numeradas, Giovanni de Médicis se lanzó a la especulación inmobiliaria, lo que en el siglo XIV era toda una novedad. Concentra sus actividades invirtiendo en la compra de tierras, particularmente en la región de Mugello, de donde procedía la familia y donde se dice que el más antiguo de los Médicis había sido carbonero en la época de Carlomagno.

La fortuna que iba amasando Giovanni constituía una enorme contrariedad para el clan rival, los Albizzi, que antes de que apareciera él casi habían logrado reducir a los Médicis a la pobreza mediante sórdidas maniobras políticas. Fue en vano, y pese a que existieron entre 1343 y 1360 cinco condenas a muerte contra miembros de la familia Médicis, Giovanni volvió a construir la fortuna.


Sabía hacerse querer por los humildes, y fue llamado el Padre de los pobres. Casaba a las muchachas desprovistas de bienes y que no encontraban esposo: él prestaba la dote. En 1419 lo encontramos erigiendo a sus propias expensas instituciones benéficas. Se convierte por fin en banquero del Papa Martín V e inicia el gran giro que dará al clan su poder y su gloria.

Giovanni de Médicis considera que hay que demostrar la riqueza material mediante algún testimonio eterno, un retrato o una tumba suntuosa, o bien una iglesia con el fin de pagar los gastos de acceso al paraíso. Decide que las artes no serán sólo corporaciones de oficios, sino que deberán contribuir a la formación de inteligencias nuevas que se llamarán artistas.

El Médicis abre sin demora el camino. Le encarga al arquitecto Brunelleschi que construya la sacristía de la iglesia de San Lorenzo, donde se enterrará a los Médicis. Paga todo, desde el proyecto hasta el último albañil.

—Le debo, con creces, esto a mi ciudad —declara públicamente.

 Brunelleschi

Es un excelente demagogo, y será imitado. Al llamado de Giovanni acude a Florencia una multitud de artistas. Hoy la gente se apiña ante sus obras de arte, pero en aquel momento no debió de resultarle fácil al Médicis que la ciudad lo contemplara sin recelo, porque la vida en la Florencia de aquellos tiempos era muy diferente a como llegó a ser generaciones más tarde. Cualquier cosa que sugiriese el menor lujo era condenada como señal de degeneración. Cuando Giovanni hizo decorar las paredes de su palacio con frescos, entonces reservados a las iglesias, seguramente se consideró en un principio una innovación cuestionable. La decoración de los palacios hasta entonces era, más que austera, espartana, conteniendo sólo los muebles que se consideraban estrictamente necesarios y sin ningún refinamiento.

La misma austeridad se encontraba en el vestido, regulado incluso por leyes para evitar las extravagancias. Se estipulaban los materiales que podrían emplearse, el largo de las prendas y todo lo imaginable.


CONTINUARÁ

Nuevo premio

 

Madame la condesa de Vilches me hace entrega del premio Blog Vip desde Atlas Mnemosyne, un espacio que ha creado recientemente para tratar sobre curiosidades relacionadas con el arte, temas muy interesantes que difícilmente encontrarán en otras páginas. Los invito a conocer Atlas Mnemosyne. Seguro que les gustará.

Y a usted, madame, muchísimas gracias por la distinción que me hace.

lunes, 22 de febrero de 2010

La sátira en tiempos de Carlos IV

 

 La familia de Carlos IV

La sátira era un poderoso instrumento para desprestigiar al adversario ridiculizándolo. A lo largo del reinado de Carlos IV este recurso arreció contra el llamado Príncipe de la Paz, el ministro Manuel Godoy, al que se hacía responsable de los desastres bélicos. Naturalmente el tema principal de estas sátiras era el origen del poder de Godoy, es decir, el de las relaciones entre el ministro y la reina María Luisa de Parma.

Godoy estaba perfectamente enterado de estos ataques que tampoco habría de ignorar María Luisa. Y es obvio que no le eran indiferentes, a juzgar por sus esfuerzos por dar con los autores, un empeño que siempre resultó inútil. Consta que el presidente del Consejo de Castilla, el marqués de la Cañada, encargado de llevar a cabo estas investigaciones, trataba de consolarlo explicándole la dificultad de la empresa.

El caso es que el objetivo de la producción satírica contra la reina y el ministro, que también era amigo del rey, iba más allá de la mera burla, pretendiendo llegar a forzar crisis de gobierno. El primer episodio de debilidad tuvo lugar cuando Godoy abandonó la secretaría de Estado en 1798. La sátira que celebra este inesperado acontecimiento hace alusiones bíblicas que reaparecerán en otros ataques:

Un estrépito escuché,
Que parece que se hundió
El monte en que descansó
El gran arca de Noé.
¿Qué miedo es éste?, exclamé,
Y díjome un capataz
Muy político y sagaz:
El son de este gran trabuco
O es la estatua de Nabuco
O el Príncipe de la Paz.

 Un joven Carlos IV

 Por entonces ya corría el rumor de los amores de Godoy con Pepita Tudó, un asunto que el ministro nunca se molestó en mantener privado. Se decía que se había casado en secreto con su amante, lo cual dio pie a una acusación de bigamia, un delito que podía llevarlo ante la Inquisición.

Cuando volvió al poder con el título de Generalísimo y emprendió la llamada Guerra de las Naranjas con Portugal en 1801 (que recibe el nombre por el ramo de naranjas que Godoy envió a María Luisa durante el sitio de Elvas), el acoso satírico fue más despiadado que nunca, mofándose de la insultante acumulación de honores y dignidades en un personaje de baja extracción social.

En daros Excelencia o bien Alteza
La pública opinión no se ha fijado;
Dúdase, gran señor, si sois casado
Y cuál es vuestra esposa con certeza,

Si son vuestros honores y riqueza
La gloria o el ludibrio del Estado,
Y si de guerra debe ser llamado
El título de Paz que os dio grandeza.

Últimamente, al ver los veteranos
Tercios mandar, a cuyo frente brilla
La doncella tizona en vuestras manos,

Nos ocurre, señor, una dudilla:
¿Irán a Portugal los castellanos
O vendrán los portugueses a Castilla?

 Un joven Manuel Godoy
Ya hacia el final del reinado, cuando Godoy había recibido hasta el almirantazgo, la producción satírica es ilimitada. Los aristócratas de la corte, humillados por la estrella siempre ascendente del plebeyo, no dejan de cebarse en él.

Duque por usurpación,
Príncipe de iniquidad,
General en la maldad,
Almirante en la traición;
Lascivo cual garañón,
De rameras rodeado,
Con dos mujeres casado,
En la ambición sin igual,
En la soberbia sin par
Y la ruina del Estado.

Había aleluyas al pie de grabados desvergonzados, parte de una campaña orquestada y financiada por el Príncipe de Asturias, futuro Fernando VII. Las estampas eran de tal bajeza que incluso Fernando sintió desagrado y rechazó alguna. En una de ellas encontramos la inscripción: “Esta estampa no fue del agrado de Su Alteza a pesar de ser de manos del pintor de cámara; por lo tanto, guárdese y no sea publicada”. Consta el pago de alguna factura a los artistas, y las estampas se distribuyeron entre la nobleza como felicitación navideña de 1806. El motivo permanente, expresado de mil formas, es el del encumbramiento de Godoy, “el choricero de Castuera”, por los favores que otorga a “la vieja insolente”. Y “el bueno del esposo” sin enterarse de nada. El tono de las invectivas que el príncipe permitía salir de palacio contra sus propios padres, no tuvo límite.

Una vieja insolente
Le elevó desde el cieno
Burlándose del bueno,
Del esposo que es harto complaciente.

 Una joven María Luisa de Parma
La historia de la fortuna de Godoy se narra en la secuencia titulada “Real y verdadera historia de los crímenes, desaciertos, robos, traiciones, tropelías y maldades cometidos por la ambición del Choricero”:

Vino de Castuera,
Y medró, quien lo dijera.
Y en las albardas traía
Ambición e hipocresía.
Traía, a más de ambición,
Poquísima educación,
Amor desatado al vino
Y a la carne de cochino.
Entró en la Guardia Real
Y dio el gran salto mortal:
Con la reina se ha metido
Y todavía no ha salido.
Y su omnímodo poder
Le viene de saber… cantar.
Mira bien, y no te embobes,
Da bastante ajipedobes:
Si lo dices del revés,
Verás lo bueno que es.
Y como el ingenio aguza,
Le hace duque de la Alcuza.
Como miró por su casa,
Fue príncipe de la Pasa,
Que a España e Indias gobierna
Por debajo de la entrepierna.
Es un mal bicho al que al cabo
Habrá que cortar el rabo.


Bibliografía:
Carlos IV – Teófanes Egido


domingo, 21 de febrero de 2010

Aniversario y premio

 
Imaginen dónde tendré hoy la cabeza que casi había olvidado que hoy es el primer aniversario de este blog, y no quiero dejar de celebrarlo con ustedes.

Doble fiesta, porque también tenía pendiente agradecerle a madame Carmen, de Pinceladas de Historia Bejarana, el premio que fue tan amable de otorgarme hace unos días. Madame, como no sabía cuál es la imagen del premio, he decidido mostrar una imagen de la hermosa sierra de Béjar, en su honor.

 

Muchas gracias a todas las personas que se han detenido aquí alguna vez a lo largo de este último año; a las que han dejado su huella en forma de su comentario o a las que simplemente han pasado; a las que se hacen seguidoras y a las que sé que también lo son aunque no tengan blog. Muchísimas, muchísimas gracias de corazón, porque sin ustedes nada tendría sentido.

sábado, 20 de febrero de 2010

Fernando VII más de cerca (II)

 
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Fernando VII detestaba a los intelectuales tanto como a la etiqueta palaciega. Le aburrían sobremanera los actos oficiales y no se interesaba por los asuntos de Estado, que solía dejar en manos de sus ministros. Con motivo de una visita a la Exposición pública de la Industria española celebrada en el Conservatorio de Artes de Madrid en 1818 se cuenta que, aunque la exposición era bastante pobre, se presentó a visitarla en compañía del ministro de Hacienda, López Ballesteros, y el director, Juan López Peñalver. Mientras se le hablaba de la necesidad de proteger la naciente industria, él escuchaba con aire distraído y aburrido. Cuando la comitiva llegó donde se mostraban los tejidos de las fábricas catalanas, Fernando exclamó:

—¡Bah! Todo esto son cosas de mujeres —y salió para darse un paseo por el Retiro

Era un hombre muy introvertido, frío, insensible a todo afecto, callado, al que casi nunca se oía reír y que no mostraba fácilmente sus sentimientos en público. Sobre su carácter se han dicho muchas cosas, ninguna de las cuales resulta halagüeña: “El bellaco sucedió al imbécil”, escribió sobre él Salvador de Madariaga, quien lo considera como el rey más despreciable que ha tenido España. Hipócrita, cobarde (su propia madre llegó a llamarlo “marrajo cobarde”), mezquino, desconfiado vil, falto de escrúpulos, rencoroso, miserable, taimado, abyecto, felón, cínico, engreído, terco, arrogante, ingrato, desleal, vengativo y hasta rastrero son algunos de los calificativos que se emplean para referirse a él. Ballesteros lo describe como “un solapado mozo destinado a ser el más funesto e ineficaz de los Borbones”.


Tenía, desde luego, un rasgo de crueldad que se manifestaba en ocasiones como aquellas en las que mataba pajaritos con sus propias manos. Y a veces era también agresivo con las personas. Por ejemplo, en una ocasión en que su primera esposa, María Antonia de Nápoles, quiso retirarse a sus habitaciones después de comer, Fernando la obligó a quedarse tomándola bruscamente del brazo y diciendo en el más zafio de los estilos:

—Aquí soy yo el amo; tienes que obedecer, y si no te gusta, te vuelves a tu tierra, que no seré yo quien lo sienta.

Pero en sus relaciones íntimas también podía adoptar una actitud seductora, mostrándose coqueto, enamoradizo y tierno con las mujeres, lo que es patente en su correspondencia con María Amalia de Sajonia y María Cristina de Borbón.

Solía deambular sin escolta por las calles de Madrid. Salía de incógnito a tabernas y colmaos con sus amigos, en busca de vino y mujeres. Mostró una llamativa promiscuidad sexual, pero no precoz, sino tal vez como reacción e intento de reafirmación ante la experiencia traumática de una disfunción inicial que manifestó durante el primer año de matrimonio. Sus hazañas eróticas en los más famosos prostíbulos de Madrid eran ampliamente conocidas por el pueblo.


El monarca, por cierto, padecía macrosomía genital, es decir, un gigantismo fálico, por lo que los médicos tuvieron que fabricarle una almohadilla con un agujero en el centro para que no hiciera daño a la reina.

De sus rasgos positivos poco se ha encontrado. A lo más, se puede decir que destacaban su sencillez, campechanería y simpatía cuando quería. Aunque reservado, era chistoso, burlón e irreverente, y su trato solía ser amable. Se mostraba jovial, sociable y supo hacerse popular entre un amplio sector de gente que, seducida por su personalidad, culpaba siempre a sus ministros de los desastres del reino, pero nunca a él. Manifestó, además, algún rasgo de sensibilidad, como el que tuvo al perdonar a la mujer que había atentado contra él en julio de 1814.

De Fernando VII se cuentan muchas anécdotas, como ésta que da una muestra de su sentido del humor: una vez un cortesano le pidió que le diera un empleo y el rey le ofreció ser canónigo de la catedral de Murcia. El cortesano le dijo que eso era imposible, porque estaba casado y tenía ocho hijos. Fernando le contestó:

—Si te andas con tantos escrúpulos, nunca vas a encontrar trabajo.


Éste es su retrato como hombre. Como rey tendríamos que pintar otro aún menos favorecedor si cabe. Seguramente ningún otro monarca de la historia de España ha suscitado un juicio más negativo que éste al que comenzaron llamando El Deseado y acabó siendo El Rey Felón.

viernes, 19 de febrero de 2010

Fernando VII más de cerca

 
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 Fernando VII

“Pocas vidas humanas producen mayor repulsión que la de aquel traidor integral, sin asomos de responsabilidad y de conciencia, ni humana ni egregia; y, por añadidura, para agravar sus culpas, no estúpido como sus hermanos, sino, ya que no inteligente, avispado”.
(Gregorio Marañón)

Fernando VII nunca destacó por su sólida formación o por sus pensamientos elevados. Desarrolló aficiones mundanas y prefería el trato con gente común, o más bien de baja estofa, a codearse con personajes que pudieran ofrecerle unos horizontes intelectuales más amplios. Sin embargo, distaba de ser un tonto, amaba la música —era un excelente guitarrista—, el teatro y la pintura. De hecho, mantuvo el mecenazgo hacia artistas como Goya o Madrazo. Sobre todo, no hay que olvidar que es a él, apoyado por su segunda esposa Isabel de Braganza, a quien debemos el museo del Prado, retomando la idea de José I de crear un Museo Real de Pinturas. El Prado fue inaugurado en su presencia y en la de su tercera esposa el 19 de noviembre de 1819. Creó, además, el Museo de Ciencias Naturales, patrocinó la creación del Jardín Botánico y ordenó restaurar el Observatorio Astronómico, muy dañado durante la guerra contra Napoleón.


Era también aficionado a la lectura y se sabe que cuando era aún el Príncipe de Asturias, su biblioteca particular, que trasladó a La Granja de San Ildefonso en 1807, constaba de 14 cajones de libros. Incluso llegó a traducir Las Revoluciones romanas, del francés René de Vertot. Gustaba de realizar experimentos de física y química y era un dibujante aceptable.

Se le daban bien las manualidades.  Durante su estancia en el castillo de Valençay entretuvo su tiempo bordando —cosa que hacía primorosamente— y haciendo otras labores. Y, sobre todo, era un apasionado de los toros. Hasta en una situación tan penosa para él como fue su forzada marcha a Sevilla, conducido por los constitucionales a raíz del avance de los Cien Mil Hijos de San Luis, tuvo ocasión de asistir a algunos de estos espectáculos. En 1830, para satisfacer el gusto del monarca por la fiesta, el conde de Estrella, intendente de Sevilla, presentó un plan para la creación en esta ciudad de una escuela de tauromaquia. Fue la primera de este tipo que se creó en España.

Otra de sus grandes aficiones era el billar. Los miembros de su camarilla, ávidos por adularle, solían dejarle ganar, procurando dejar las bolas en buena posición para que el rey hiciese una carambola, de donde proviene la expresión “Así se las ponían a Fernando VII”.


Era de mediana estatura y de facciones pronunciadas que le valieron los nombres de Narizotas y Cara de Pastel. Robusto y poco agraciado, se ha apuntado que tenía tendencia a engordar, pero más que una tendencia parece una consecuencia lógica, teniendo en cuenta las grandes cantidades de alimento que ingería. Fumaba y comía en exceso, lo que contribuía a que su salud no fuera buena. Gustaba especialmente de la carne, y su plato favorito era el cocido. En su lecho de muerte y aquejado de gota, ante la insistencia de sus médicos para que redujera el consumo de carne se avino finalmente a tomar sólo sopa, pero, naturalmente, de cocido.

Su jornada como príncipe de Asturias transcurría así: se levantaba a las 6 para rezar el Te Deum, a las 7 tenía clase de latín, a las 8 desayunaba y, a continuación, recibía clase de historia y escuchaba misa. A las 10.15 acudía a clase de baile y, acto seguido, iba a visitar a los reyes en sus estancias. Desde las 12.15 a 14.15 comía y jugaba o dormía un poco la siesta. De 14.15 a 15 estudiaba y, a continuación, podía pasear durante dos horas, generalmente en compañía de su hermano Carlos. A las 17 visitaba de nuevo a sus padres y, después de merendar, estudiaba Gramática. A las 19 tocaba rezar y a las 21 cenaba y se acostaba.


El primer contacto con la política lo tuvo en época muy temprana a instancias de su preceptor Escoiquiz, quien propuso a Carlos IV que permitiese a su hijo asistir a los Consejos. Pero para entonces el rey se había dado cuenta de la ambición del intrigante canónigo, que criticaba a Godoy esperando ocupar su lugar, y decidió alejarlo con un nombramiento en Toledo. Escoiquiz se sintió ofendido con este destierro encubierto, que nunca perdonó. Continuó manteniendo contacto con el heredero y ejerciendo una notable influencia sobre él, lo que contribuiría a ahondar las diferencias que ya se percibían entre Fernando y sus padres. Y es que el ambientillo familiar era más o menos como sigue:

Carlos IV: ¡Mal hijo! ¡Descastado!

Fernando VII: ¡Cornudo! ¡Desvergonzado!

María Luisa: ¡Bastardo!

Fernando VII: ¿Bastardo yo? Vamos, ramera, que de no tener la misma nariz de imbécil de mi padre, creería que, como mi hermano, fuese hijo de Godoy.

Por supuesto eso hubiera sido imposible, porque Godoy llegaba a  la corte el mismo año del nacimiento de Fernando, contando él sólo 17. Pero el caso era insultarse.


CONTINUARÁ

martes, 16 de febrero de 2010

Debajo de la capa de Luis Candelas

 

El bandido Luis Candelas nació en la calle del Calvario, barrio de Lavapiés, entre 1804 y 1806. Se estima que él y sus compinches cometieron más de 50 robos, siendo responsables, entre otras fechorías, del asalto al coche del embajador de Francia, a quien deavalijaron por completo. El simpático bandido tuvo el detalle de hacer llegar al Ministerio de Estado algunos documentos de gran importancia que cayeron en sus manos.

Otros de sus golpes fueron el robo de 300.000 reales a un presbítero en su casa de la calle del Sacramento, 5.000 duros en la posada del Rincón, 750.000 reales y varias alhajas a la modista de la reina… Eso sí, Luis Candelas nunca mató a nadie. Usaba el cuchillo, pero era sólo para amedrentar. Él se limitaba a robar, porque, como solía decir, “la fortuna estaba muy mal repartida”.

Luis Candelas era moreno, de dientes muy blancos, bien afeitado “más bien alto, delgado, con patillas en borla, de ojos vivos, y todo él bien parecido, expresándose muy finamente, vestido a lo manolo, con capa, chaqueta, chaleco blanco y sombrero catiye”. Le gustaba vestir bien y tenía buenos modales.


Fue un niño problemático, metido frecuentemente en peleas. Sus padres, que disfrutaban de una posición económica suficientemente desahogada, pudieron costearle los estudios en el colegio de San Isidro, de donde fue expulsado porque al recibir una bofetada de un cura, él respondió dándole dos. No por haber tenido que abandonar la escuela dejó de leer todo libro que caía en sus manos y, además, por un tiempo fue librero.

Estuvo en prisión seis o siete veces, y otras tantas se escapó, gracias a su ingenio, a su sangre fría, a su audacia o a sus amantes, o incluso a sus propios carceleros. Durante una de sus estancias en la cárcel sirvió a la causa liberal, pues propició la evasión de don Salustiano Olózaga, ya en trance de marchar al patíbulo. Luis organizó un motín para ello, pero no aprovechó la ocasión para fugarse con el político, sino que permaneció en la cárcel tal y como había sido pactado. Parece que el bandido era un hombre de palabra, muy respetuoso con sus víctimas, a las que trataba con suma deferencia. A cambio de la ayuda prestada, Olózaga lo introdujo en la masonería.

Para despistar a la policía se mudaba constantemente de uno a otro domicilio. Cuando residió en el número 5 de la calle Tudescos ocupaba un piso que tenía salida al callejón del mismo nombre, y por ese tiempo llevaba una emocionante doble vida: se hacía pasar por el acaudalado caballero don Luis Alvarez de los Cobos, hacendado del Perú. Acompañado de un sirviente, entraba y salía por la calle Tudescos, mientras que el Candelas ladrón lo hacía por la calleja.


Entre sus compinches se encontraban Paco el Sastre —con el que antaño había tenido un duelo que no impidió que acabaran convertidos en amigos—, Francisco Villena y Mariano Balseiro. La banda se ocultaba y buscaba refugio en los garitos de las noches madrileñas, especialmente en la taberna de El Cuclillo, en la calle Imperial, cerca de la Plaza Mayor. El dueño, que llevaba el mismo nombre que su establecimiento, los amparaba, los avisaba de la presencia de la policía o los ayudaba a escapar en caso de peligro, siempre a cambio de un porcentaje en el botín. Otros lugares que frecuentaban era la taberna de Jerónimo Morco, la de la Paloma, en la calle Preciados, y la del Tío Macaco, en la calle de Lavapiés.

Hombre simpatiquísimo, con muchas agallas y aventurero nato, era todo un Don Juan para las mujeres. Sus amores más conocidos fueron: Lola la Naranjera, que engañaba con él al rey Fernando VII; Colasa, ex amante del político Istúriz y de un torero, y Paca “La Maja”, ex amante del marqués de Alcañices. Luis Candelas se había casado en los carnavales de 1827 con una joven viuda de 23 años llamada Manuela Sánchez, que también había pasado por la cárcel, pero ya durante la luna de miel se dieron cuenta de que aquello había sido un error, y en Navidades el bandolero la abandonó.

Su último y verdadero amor fue Clara María, una muchacha honesta perteneciente a una familia de clase media. Después de salir de Madrid junto a ella con nombre supuesto, con la intención de dirigirse a Inglaterra, fue apresado en 1837, sometido a juicio y condenado a garrote vil, sentencia que se ejecutó el 6 de noviembre cerca de la Puerta de Toledo, tras serle denegada la clemencia solicitada a la reina regente María Cristina. Hizo frente al suplicio con serenidad  y entereza. Entre el revuelo de campanas de los templos madrileños, subió al patíbulo y dirigiéndose a la multitul dijo:

—Como hombre he sido  pecador, pero jamás se mancharon mis manos con la sangre de mis semejantes. ¡Adiós, patria mía, sé feliz!


Decidle al señor alcalde,
Decidle al corregidor
Que yo por Luis Candelas
Me estoy muriendo de amor.
Decidle que es un canalla,
Decidle que es un ladrón,
Y que he dejado que robe
Con gusto mi corazón.
Que corra de boca en boca
Esta copla que yo canto
Como si estuviera loca.
Debajo de la capa de Luis Candelas
Mi corazón amante vuela que vuela
Madrid te está buscando para prenderte
Y yo te busco sólo para quererte.
Que la calle en que vivo está desierta
Y de noche y de día mi puerta abierta.
Que estoy en vela, que estoy en vela
Para ver si me roba -¡Ay!- Luis Candelas.
Anoche una diligencia,
Ayer el palacio real,
Mañana quizás las joyas
De alguna casa ducal.
Y siempre roba que roba,
Y yo por él siempre igual,
Queriéndolo un día mucho
Y al día siguiente más.
Y no importa que la gente
Mi canción, que va en el viento,
Traiga y lleve maldiciente



 Bibliografía:
Andanzas por la vieja España – Julio Alemparte
El  Madrid de Larra – Juan Carlos Sierra
La vida como es – Juan Antonio de Zunzunegui, Pilar García Madrazo

domingo, 14 de febrero de 2010

Carnaval en la Corte del Rey Sol

 


El carnaval del año 1671 fue celebrado con gran brillantez en la corte de Luis XIV. El rey organizó una mascarada en las Tullerías, una fiesta tan sonada que, según nos aseguran las crónicas de la época, más de 150 damas perdieron “la virginidad con que la naturaleza las había dotado”, y el número de maridos engañados fue tan grande que nadie lo pudo calcular, pues “nadie sabía suficiente aritmética para ello”.

Muchas damas hubieran deseado disfrutar de una mayor libertad en esas fechas, y soñaban con los sorprendentes desórdenes del carnaval italiano. Los embajadores romanos no cesaban de elogiar el impudor de aquellas fiestas en las que los enmascarados, después de haberse bombardeado con confetti, se entregaban a la lujuria en plena calle, en escaleras, umbrales, e incluso, según se cuenta, en los campanarios. Entre esta masa enloquecida algunos individuos, seguros de su impunidad, ajustaban cuentas pendientes matando a un rival.


Estas historias excitaban de tal modo a las damas de la corte que algunas no pudieron resistir la tentación de organizar en sus casas pequeños carnavales italianos en los que se permitían las libertades más extravagantes.

Una de estas damas, madame de Fombourg, cuyo marido estaba ausente con los ejércitos de Su Majestad, aprovechó las circunstancias para mostrarse como la más entusiasta de todas y organizar una fiesta de carnaval por todo lo alto en su casa. Invitó a unos 50 amigos que tenían la consigna de disfrazarse cada uno del sexo opuesto. Cuando los tuvo a todos reunidos en el salón, los animó a dar rienda suelta a sus instintos sin límite ni medida, y a olvidar por unas horas que pertenecían a la especie humana.

—¡Esta noche no seremos más que fieras ardientes y voluptuosas! —les dijo.

Al son de los violines comenzó la fiesta y continuó durante toda la noche hasta adquirir proporciones de gran bacanal. Por la mañana la baronesa, agotada, se durmió desnuda sobre un canapé, con los invitados a su alrededor, acurrucados sobre la alfombra.


Desgraciadamente para ella, en esos momentos se le ocurrió a su marido regresar de su campaña militar sin ser esperado aún. El caballero entró en la habitación y, aunque rudo soldado curtido en mil lances de varias clases, no pudo ocultar que la escena le sorprendió bastante.

Tras la sorpresa vino la reflexión, que fue breve, pues no precisó de mucho tiempo para percatarse de cuál era la magnitud de su deshonra. Empezó a jurar y blasfemar a voz en grito, con tal potencia que despertó a todos los que dormían profundamente tras la extenuación causada por tanto exceso al que se habían estado entregando. Las mujeres corrían a refugiarse tras los muebles y los hombres trataban de huir por las ventanas.

La esposa, mientras tanto, había optado por el tan socorrido desvanecimiento, que solía dar mejores resultados; pero tampoco le sirvió de nada, porque el caballero la hizo volver en sí rápidamente con un par de tortazos.


En la mañana del miércoles de ceniza toda la corte reía a mandíbula batiente al escuchar los detalles relatados por los músicos.

Enfin, queridos míos, ¿qué les voy a contar yo a ustedes? ¡Pues que disfruten del carnaval!