miércoles, 31 de marzo de 2010

El calendario gregoriano

Gregorio XIII

Al durar el año en el calendario juliano aproximadamente 11 minutos y 14 segundos más que el año trópico, se acumulaba un error de un día cada 128 años. En 1477 el equinoccio de primavera se había adelantado ya al 12 de marzo.

A la Iglesia le preocupaba este error, porque afectaba a la celebración de la Pascua de Resurrección y otras fiestas movibles que dependen de ella. El Papa Gregorio XIII nombró una comisión para revisar el calendario juliano, de forma que la Pascua siguiera coincidiendo con el principio de la primavera.

Luigi Lilio Ghiraldi (o Aloysius Lilius), médico de Verona, ideó el nuevo sistema, y Cristóbal Calvius, astrónomo y matemático jesuita, fue quien hizo los cómputos que le sirvieron de base. En 1582, el Papa Gregorio XIII abolió el antiguo calendario, estableció el 1 de enero como principio del nuevo año y le quitó 10 días a ese año para compensar el desfase, pasando del jueves 4 de octubre al viernes 15, en lugar de al 5.

De ese modo el equinoccio regresaba al 21 de marzo, la misma fecha en la que se había producido en el año 325, cuando se había reunido el concilio de Nicea. El concilio había tomado el acuerdo de celebrar la Pascua el primer domingo siguiente a la primera Luna llena de primavera.

Julio César

En el calendario gregoriano el sistema de los años bisiestos difiere del seguido por el calendario juliano en el sentido de que los años que terminan en 00 no son bisiestos a menos que el número de centenas sea divisible exactamente por 400; así, por ejemplo, los años 2000 y 2400 son bisiestos, pero el 2100 y 2200 no lo serán. En 400 años se producen, por tanto, 97 años bisiestos en lugar de 100.

El calendario, que acumula un error de sólo un día en más de 3000 años, fue adoptado inmediatamente por todos los países católicos y la mayoría de los protestantes, aunque algunos de éstos demoraron su adopción durante muchísimo tiempo, por haber sido un Papa su impulsor. Inglaterra, por ejemplo, no reemplazó el anticuado calendario juliano hasta 1752, y la confusión de fechas imperante en esa época en Gran Bretaña y sus colonias por la utilización simultánea de ambos calendarios constituye todavía una dificultad para los historiadores.

Todos los países occidentales utilizan hoy este calendario. Turquía lo adoptó en 1917; Grecia y la Iglesia Griega Ortodoxa en 1923. Rusia, después de haberlo adoptado inicialmente en 1918 y de haber probado desde 1923 otros calendarios, terminó adoptándolo definitivamente en 1940.

El calendario gregoriano es el más perfecto de los que actualmente se utilizan, pero posee ciertas anomalías que han provocado diversos intentos de reforma. Su principal dificultad estriba en que cualquier fecha, por ejemplo el 3 de junio, caía en 1955 en viernes, al año siguiente en domingo, al otro en lunes, etc., debido a que el año no tiene 52 semanas exactas, sino uno o dos días más.


En las dos reformas estudiadas se evitan tales cambios con la declaración de “extrasemanales” del último día del año y del que debe añadirse en los años bisiestos, días que se considerarían festivos intencionadamente. Se ha propuesto un calendario de 13 meses, insertándose el nuevo mes extra entre junio y julio. Cada mes constaría de 28 días, comenzando en domingo; el día de Fin de Año y el de Año Bisiesto se colocan inmediatamente después de diciembre y de junio respectivamente, pero no tienen nombres de días de la semana.

El propuesto Calendario Mundial, por su parte, mantiene los tradicionales 12 meses, divididos en 4 trimestres de 91 días con 13 semanas cada uno. Hay 8 meses de 30 días, mientras que enero, abril, julio y octubre tendrían 31, comenzando siempre en domingo. El Día Mundial es el último día del año, y el día del Año Bisiesto se coloca entre el sábado 30 de junio y el domingo 1 de julio. El de 13 meses se divide también en 4 partes de 91 días, constando cada parte de tres meses de 4 semanas más una semana.

Aunque la Iglesia católica y varias protestantes están dispuestas a colaborar, se oponen algunos grupos ortodoxos, judíos, y los adventistas y baptistas del Séptimo Día, ya que los días propuestos de Fin de Año y Año Bisiesto interfieren en el intervalo de seis días entre dos de sus fiestas sabatarias.


martes, 30 de marzo de 2010

Fiestas en la Granada de los Nazaríes

Dale limosna, mujer, que no hay en la vida nada
como la pena de ser ciego en Granada .

Francisco de Icaza


Los musulmanes de la época nazarí de Granada celebraban la Fiesta de la Ruptura del Ayuno, que señala, con la luna nueva del mes de Sawwal, el final del ayuno como penitencia del mes del Ramadán. La noche del 27 de Ramadán se encendían todas las lámparas de las mezquitas, de los palacios y de todos los hogares, hasta el más humilde. Las gentes se reunían para escuchar sermones piadosos o la solemne plegaria de la Gran Aljama. Era el tiempo en que los poetas dirigían elogios a sus mecenas, y los secretarios de la cancillería al sultán.

El día 10 del mes de Du-l-Hiyya se celebraba la fiesta de los sacrificios, durante la cual era preceptivo que cada familia, aunque fuera pobre, matara al menos un cordero. La fiesta duraba varias jornadas, y se preparaban platos especiales. Era típico el trigo cocido con leche, en recuerdo del primer alimento que tomó Amina tras dar a luz a Mahoma. La gente, después de la oración, se echaba a las calles hasta la madrugada, rociándose unos a otros con agua perfumada y entablando una divertida batalla en la que se arrojaban frutos y flores.

La fiesta de la Asura se celebraba en el día 10 de Muharram y consistía en ayuno ritual. Los alumnos hacían regalos a sus maestros, y el sultán a sus dignatarios.


Los alfaquíes más rigurosos se escandalizaban porque en Granada también se celebraba la Navidad y el Año Nuevo del calendario cristiano. El 1 de enero los musulmanes se sumaban a la costumbre de intercambiar regalos y preparaban platos especiales, como cazuela de pescado en salazón y pasteles en forma de ciudades, verdaderas obras de arte al margen de su delicioso sabor. Alcanzaban un valor de 70 dinares o más, lo que entonces era carísimo. Estaban elaborados a base de mucho azúcar, confituras llamadas alfeñiques, dátiles, pasas e higos, nueces, almendras, avellanas, castañas, bellotas y piñones, toronjas, naranjas y limas.

La Fiesta del Nacimiento del Profeta fue importada desde el Magreb. Se ofrecían suntuosos banquetes dentro de las posibilidades económicas de cada uno, y se prolongaban hasta la oración de la mañana.

Había otras dos fiestas con nombres persas: el Nayruz, día del Año Nuevo Iraní, que coincidía con el equinoccio de la primavera, y el Mahrrayan, que coincidía con la fiesta cristiana de San Juan, el solsticio de verano.

Por el Nayruz la gente se disfrazaba y se hacían regalos que no siempre estaban al alcance de cada uno. Se solían fabricar para ese día juguetes en forma de animales, especialmente jirafas, y ello a pesar de las prohibiciones religiosas. Se hacían vasijas de barro y pequeños candiles que se regalaban a los niños.


También había intercambio de regalos en el Mahrrayan, y los sultanes solían organizar fiestas para su pueblo. Era una celebración esencialmente agrícola, por lo que los poetas cantaban a la riqueza de la tierra y se encendían en el campo grandes hogueras a las que se echaban hierbas aromáticas pese a la censura de los alfaquíes. Se comían almojábanas y buñuelos, y también había disfraces y se salía a la calle a divertirse.

Otra fiesta campesina era la Pascua de los alaceres o Fiesta de la Vendimia. Se festejaba la recogida de la uva. Los granadinos abandonaban sus viviendas en la ciudad durante unos días y se trasladaban a sus casas de campo. Se vestían con sus mejores galas y se entregaban a la música y a la danza. Había zambras al aire libre, con cánticos populares; esa zambra mora que guardaba similitud con la danza del vientre, que se baila con los pies descalzos, típica aún hoy en las bodas gitanas y prohibida antaño por considerarse muy pecaminosa. La propia palabra zambra significa fiesta. Sonaban entonces flautas y chirimías, instrumentos despreciados por la música culta. Se pensaba, además, que los hijos engendrados durante esta fiesta serían afortunados.




Bibliografía:
Granada de los Nazaríes - Antonio Gala

lunes, 29 de marzo de 2010

La Guerra del Peloponeso

El mundo Egeo en vísperas de la guerra del Peloponeso

Atenas rivalizaba comercialmente con Corinto y Megara, y el conflicto alcanzó tales proporciones que derivó en la guerra del Peloponeso.

En aquellos tiempos, al no haberse inventado la brújula, había que navegar siguiendo de cerca la costa. Esto favorecía a la isla de Kórkira, colonia corintia por la que pasaban los barcos que navegaban entre Grecia e Italia, haciendo que la actividad comercial fuera muy intensa. Pero Kórkira se enfrentó con la metrópoli y se pasó a los atenienses, con lo que la economía de Corinto sufrió un grave quebranto al verse privada de esos ingresos.

Megara, por su parte, era una gran potencia comercial que mantenía intensas relaciones con las ciudades griegas de Jonia y del Bósforo. Pero por el llamado decreto megárico Pericles prohibió que los barcos de Megara entraran en ningún puerto controlado por Atenas, lo cual significaba por entonces en casi ningún puerto del Egeo. Eso era tanto como condenar a Megara a la ruina.

Corinto y Megara presionaron entonces a Esparta, que era meramente agrícola y estaba al margen de la rivalidad comercial, para iniciar cuanto antes la guerra contra Atenas.

Pericles

La guerra duró entre el 431 y el 404 a. C. Pericles pensaba que había preparado muy bien la defensa de Atenas. Reunió dinero con el que financiar la campaña, hizo construir una gran flota y desarrolló su estrategia basada en ella. Los atenienses debían evitar entrar en combate con los temibles hoplitas espartanos, soldados de a pie fuertemente armados. La consigna era que cada vez que atacasen había que huir y dejarles campo libre, retirándose la población tras las murallas que protegían la ciudad y el puerto. Mientras tanto la flota bloquearía el Peloponeso.

Tal como había previsto Pericles, los espartanos atacaron por tierra y devastaron el Ática sin encontrar resistencia. Pero los atenienses no habían contado con la peste que diezmó la población al año siguiente, acabando con la vida del propio Pericles.

La guerra iba a continuar durante 25 años, con una serie de interminables batallas en las que se vieron involucrados casi todos los Estados griegos. Hubo diversas oportunidades de paz, pero no se aprovecharon debido al extremismo del partido de Pericles, en manos ahora de aventureros y demagogos radicales.

Hoplitas

En el 421 a. C. Nicias firmó una paz muy favorable a Atenas, pero poco después ésta reanudaba su expansión imperialista alentada por Alcibíades, que masacró sin motivo a la población de la pequeña isla de Melos y preparó una gran expedición militar con la loca ambición de conquistar la isla de Sicilia. Casi todos los soldados atenienses fueron enviados allá, pero la expedición terminó de modo trágico, con sus hombres muertos o hechos esclavos, y tanto la flota como el ejército destruidos.

Mientras tanto Atenas debía hacer frente a un nuevo problema, porque Persia comenzaba a dar apoyo financiero a Esparta y a arrebatarles a los atenienses las ciudades jonias que habían perdido previamente.

A partir del fracaso de la expedición a Sicilia, Atenas acumuló derrota tras derrota. La guerra terminó en el año 404 a. C. con la rendición de Atenas al general espartano Lysandros. El espartano había aplastado a los atenienses en la batalla naval de Egospótamos el año anterior. Al perder su flota, Atenas ya ni siquiera podía importar cereales ni comunicarse con los distintos puntos de su Imperio. Era el fin.


Si bien no les fue impuesto el duro castigo de destrucción que los corintios hubieran deseado, les obligaron a derribar sus murallas, a entregar los restos de la flota y a liquidar su Imperio. Además, los refugiados políticos que volvían con los triunfantes espartanos impusieron la tiranía oligárquica de los 30 tiranos.

La principal consecuencia de la guerra del Peloponeso fue que toda Grecia quedó arruinada y debilitada. La pobreza se extendió por el Peloponeso y Atenas nunca pudo recuperar su antiguo esplendor.



domingo, 28 de marzo de 2010

Nuevo premio


Muchísimas gracias a Madame Magnolia, del estupendo blog Mujeres de Leyenda, que ha decidido crear este premio tan dulce y mis blogs han tenido la suerte de resultadar recompensados con la distinción.

Esto es lo que nos cuenta Madame Magnolia:

"Como agradecimiento a todos aquellos blogs que me hacen pasar ratos entretenidos y a la vez instructivos, sumergida en la lectura de sus entradas, he querido crear un modesto premio llamado " BLOG EXQUISITO" porque todos ellos son una delicatessen y espero continuar leyéndolos mucho tiempo. "

¡Madame, si usted supiera cómo me gusta el chocolate!

sábado, 27 de marzo de 2010

Bizancio


Bizancio, al igual que Roma, había sido edificada sobre siete colinas. Constantino eligió su emplazamiento por su carácter estratégico, puerta de entrada a Asia. En el siglo VI, con un millón de habitantes, era la ciudad más poblada del mundo. La vida giraba alrededor de la corte, el hipódromo y la iglesia de Santa Sofía.

La corte era una especie de ciudad dentro de la ciudad. En el centro, rodeado de edificios ministeriales y suntuosas villas privadas, se encontraba el Palacio Sagrado, residencia oficial del emperador. Cerca, el palacio de la emperatriz, el lugar más misterioso y de más difícil acceso. Nadie podía entrar sin un permiso especial, y era vigilado día y noche por eunucos armados hasta los dientes. El propio emperador debía hacerse anunciar cuando iba a visitar a su esposa.

Para darle al palacio su carácter sacro, los emperadores habían reunido allí las más preciosas reliquias: el Lignum crucis, la corona de espinas y los huesos de diversos santos, además de los cabellos de Juan Bautista y las sandalias de Jesucristo. Bajo la columna de Constantino se exponían a la veneración de los fieles los panes del milagro. Dudar de la autenticidad de alguna reliquia era considerado un sacrilegio.


La corte era también el cuartel general de la burocracia y el centro comercial más importante del imperio. Sus gineceos albergaban a miles de mujeres dedicadas no sólo a servicios de alcoba, sino a industrias textiles, donde hilaban lana y seda que el Estado importaba y trabajaba en régimen de monopolio. Los emperadores eran hombres de negocios: por ejemplo Juan Vatatzes logró hacer suficiente dinero vendiendo pollos para comprarle a la emperatriz una corona nueva.

El hipódromo era el lugar en el que se celebraban las carreras de carros y se preparaban las conjuras. Los homicidios, los raptos, las palizas estaban a la orden del día entre las dos facciones rivales, Verdes y Azules. La fuerza pública se veía impotente para contener a la afición.

Aunque en la capital hubiera unas 400 iglesias, Santa Sofía, ideada por Justiniano y realizada por Antemio de Tralles, era la residencia oficial del patriarca y el más importante lugar de plegaria. Según el cronista oficial de Justiniano, al verla terminada el emperador exclamó: "¡Salomón, te he superado!".

Los monjes ejercían gran influencia en la sociedad y en las costumbres, y los ermitaños eran especialmente reverenciados. San Daniel, que vivía sobre una columna en la periferia, recibía por orden de Teodosio II un paraguas siempre que estallaba un temporal. También gozaron de gran fama Teodoro Siceota y San Basilio el Menor, el primero por haber pasado en una jaula toda la cuaresma y el segundo por haber instruido a la emperatriz Helena sobre el modo de tener un hijo.


Constantinopla se hallaba bajo el patrocinio de la Virgen. Muchos enfermos acudían a las iglesias para recibir las recetas gratuitas de Cosme y Damián. Cuando un diagnóstico se hacía especialmente difícil se recurría a los astros y a veces se llamaba a consulta a magos y a brujos, aunque la principal misión de éstos era simplemente leer el futuro.

Era una ciudad cosmopolita, crisol de razas, lenguas y costumbres. Eran frecuentes los matrimonios entre distintas razas, que el propio emperador animaba. Justiniano II, por ejemplo, hizo que la hija de un rico e influyente senador se casara con su cocinero negro.

Las casas estaban edificadas según esquemas romanos. Los balcones aparecían al menos a cinco metros sobre el nivel del suelo, y estaban prohibidas las escaleras exteriores. Anchos bulevares con árboles y estatuas de mármol atravesaban el centro de Bizancio.

Imperio Bizantino a mediados del siglo VII

Las cloacas desembocaban directamente en el mar. Como no había cementerios, los cadáveres eran enterrados fuera de las murallas. Sólo los miembros de la familia imperial podían ser sepultados dentro del recinto.

Los eunucos eran de todos los orígenes, aristocrático y burgués. Se los castraba para evitar que sus energías se desviaran del servicio del Estado. Solían someterse por propia voluntad a esta operación, obligatoria para quien quería hacer carrera en la corte y en las altas jerarquías administrativas, eclesiásticas y militares. Se consideraba un privilegio.

El emperador o basileus tenía derecho de vida o muerte sobre todos sus súbditos. Elegido por Dios, del que era lugarteniente en la tierra, era consagrado por el patriarca sobre el púlpito de Santa Sofía. Designaba e investía a los obispos, a los que podía deponer cuando le pareciese. Convocaba los concilios, fijaba los dogmas y modificaba la liturgia. Juez supremo, su tribunal juzgaba en primera instancia y en apelación. Sus caprichos dictaban la moda.


La sucesión al trono no estaba regulada por normas fijas, y el regicidio era algo habitual. En 1058 años, de 107 emperadores sólo 34 murieron de muerte natural, y media docena en la guerra. Los demás abdicaron o fueron degollados.

La divinidad del soberano se manifestaba durante las audiencias cuando, sentado en un trono gigantesco, recibía a los ministros, cortesanos y embajadores extranjeros. El emperador se expresaba por medio de gestos. Nadie hablaba y todos permanecían de pie. A intervalos regulares el basileus desaparecía, levantado en el aire con todo el baldaquín por máquinas invisibles. Cuando reaparecía iba vestido con túnicas nuevas y cada vez más suntuosas. Los que le rendían homenaje hacían tres inclinaciones y besaban sus zapatillas púrpura.

Las órdenes del emperador no se discutían porque en su persona se reunían los poderes legislativo, ejecutivo y judicial, además del religioso. El senado, desprestigiado, se había convertido en una especie de Consejo de Estado.


En los ministerios de la capital trabajaban decenas de miles de empleados y funcionarios, y la lengua oficial, en los tiempos de Justiniano, era aún el latín, pero después se impuso el griego. El servicio diplomático era excelente. Su mayor preocupación era el estudio de los bárbaros. En un despacho se reunían los informes confidenciales acerca de los pueblos extranjeros. En los colegios y en las universidades griegas los hijos de príncipes Hunos, de emires árabes y khanes tártaros se mezclaban con los de la aristocracia y la alta burguesía bizantina. Para reforzar los vínculos se concertaban también matrimonios.

El ejército era la tercera piedra angular de este Imperio. Diocleciano y Constantino lo habían reformado, creando un ejército fronterizo y un ejército central móvil. Los soldados alistados en el primero eran campesinos. En vez de sueldo recibían tierras para cultivar. El otro ejército dependía directamente del emperador, recibía un sueldo regular y vivía acuartelado en la capital.

Hasta el año 378 la infantería fue la columna vertebral del ejército bizantino. Después del desastre de Adrianópolis, que dio el triunfo a la caballería goda, Teodosio I decidió tener a sueldo un fuerte contingente de jinetes bárbaros, mandados por sus respectivos jefes de tribu. Algunos, ascendidos a generales, comenzaron a hacer y deshacer emperadores.

Rodeada de pueblos invasores, belicosos y hambrientos, Bizancio vivió siempre en pie de guerra. La astucia de sus diplomáticos y la habilidad de sus generales le aseguraron, sin embargo, una larga y brillante vida.

jueves, 25 de marzo de 2010

Religión sumeria


La religión sumeria presenta hoy aún problemas de identidad, debido a la rapidez con la que se amalgamaron los principios religiosos del pueblo sumerio con los de los semitas acadios. Sin embargo se puede evidenciar que estuvo adaptada a una sociedad agrícola y pastoril, porque muchas de sus divinidades se corresponden con fuerzas vitales del ciclo agrario o del ciclo regenerador del ganado. De ahí que el agua y la actividad sexual ocupen un primer lugar en sus concepciones religiosas.

Los sumerios imaginaban a sus dioses bajo caracteres antropomorfos, cumpliendo incluso determinadas funciones sociales. Al estar los sumerios organizados en ciudades-Estado, su religión no tenía una organización unitaria, sino que concebían a sus dioses desde perspectivas localistas. Más tarde, al mezclarse con los acadios, elaboraron un panteón con genealogías cuya confección se habría iniciado ya hacia el 2600 a. C. Buscaban con ello una síntesis clarificadora que sin embargo continuó variando de una ciudad a otra a pesar de los esfuerzos de Sargón I y su hija Enkheduanna, sacerdotisa suprema en Ur.

Afirmaban tener 3600 dioses, organizados en tríadas y binas. La tríada principal, de carácter cósmico, estuvo formada por An, dios del Cielo y padre de los dioses; Enlil, señor del Viento, que ejercía una especie de supremacía nacional sobre los demás dioses y determinaba el destino humano; y Enki, llamado luego Ea, señor del fundamento (el agua), el más antiguo dios sumerio, titular de la sabiduría y benefactor de la humanidad.

Inanna

La segunda tríada, de carácter astral, la formaban Zu-en o Nanna, el dios Luna, protector de los pastores y dios amistoso, llamado Sin por los acadios; Utu o Babbar, el Sol, titular de la justicia, asimilado muy pronto a Shamash; e Inanna, el planeta Venus, diosa del amor y de la guerra y más tarde identificada con la acadia Ishtar. Cada una de estas divinidades tuvo su correspondiente cónyuge y un orden jerárquico.

Los acadios fueron los primeros que divinizaron a sus reyes en vida. Creyeron asimismo en un mundo poblado de espíritus protectores y demonios, éstos muy numerosos y descritos como seres terroríficos y peligrosísimos. Contra ellos recurrían a los exorcismos, las artes mágicas, y en general a ceremonias efectuadas por sacerdotes especializados dirigidos por el pa-azu.

Los dioses moraban en templos adecuados o en santuarios, que en algunos casos formaban, con su correspondiente torre escalonada, un conjunto arquitectónico de notable importancia. Su construcción estaba reservada a reyes y príncipes, y se convertían no sólo en centros de interés religioso, sino también económico.


Las variadas actividades agrícolas, pastoriles, artesanales, comerciales e intelectuales estuvieron en manos de distintos sacerdotes. Junto a ellos existían otros especializados en funciones estrictamente religiosas, como el cantor funerario, el purificador, el músico o el encargado de la unción. Todos ellos rendían cuentas al En, que llegó a designar el grado clerical más alto. El personal religioso femenino estaba formado por las nin-dingir (señora divinidad), y por altas sacerdotisas de marcada influencia en la sociedad sumeria como por ejemplo las sal-dingir (mujer del dios).

Sacrificios, libaciones, ofrendas, purificaciones, procesiones, oraciones, cantos e himnos constituían toda la parafernalia religiosa. Se rendía culto a los dioses tanto a nivel familiar como urbano y nacional; sin embargo, las gentes estuvieron alejadas de los dioses oficiales y su compleja teología, refugiándose en creencias elementales y directas.

Las festividades sumerias que alcanzaron mayor importancia fueron las celebradas con ocasión del comienzo del año y de los ciclos lunares, así como por la construcción y reparación de templos, advenimiento de reyes o celebración de victorias militares.



Si bien creyeron en un juicio después de la muerte, en presencia de los dioses Anunna, las posibilidades de vida en el Más Allá eran mínimas. El difunto quedaba reducido a una sombra que se desenvolvía en un ambiente oscuro, con agua salobre y lleno de polvo.



Bibliografía:
El nacimiento de la civilización – Federico Lara Peinado


Nuevos premios


Como era mi cumpleaños recibí una buena cosecha de regalos a los que se ha sumado mi querida Madame Nikkita, de Holocausto en Español (nadie debería perderse su blog), que me entrega nada menos que tres premios juntos. ¡Es usted tan generosa conmigo que voy a tener que comprarme una nueva vitrina!

Muchísimas gracias, madame. Sabe que aprecio que se acuerde de mí.

miércoles, 24 de marzo de 2010

Versalles escatológico



Versalles también tenía agujeros por los que se escapaba el glamour. En tiempos de Luis XIV había en palacio más de un centenar de urinarios y cerca de 300 chaises d’affaires, es decir, asientos en los que los cortesanos hacían sus necesidades. Estos asientos podían llevar incorporada una especie de mesa escritorio para leer y escribir al mismo tiempo, pero cuando no eran tan sofisticadas solían llamarse, simplemente, chaises percées. Mazarino poseía una de vidrio y dos de plata. Por supuesto las del rey eran de oro, y llevaban grabadas las armas de Francia. No había inconveniente en recibir durante tales menesteres, ni era sólo el rey quien lo hacía; se escribía, se jugaba, los ministros daban audiencia y los generales órdenes desde su asiento.

Pero no todo el mundo podía ser recibido por Su Majestad en tan delicadas circunstancias. Era un honor especial, y para ello había que ser detentador de un brevet d’affaire. El marqués de Sourches cuenta en sus memorias: “Monsieur de Béringhen logró transferir a su hijo el brevet d’affaires del que gozaba desde hacía muchos años, lo que supuso un gran beneficio para su hijo, que está siempre junto al rey”.

Sentarse en la chaise d’affaires formaba parte del ceremonial, así que Luis tenía que hacerlo tanto si tenía ganas como si no. A las 8 y media de la mañana allá se sentaba.


El procedimiento era simple: las sillas llevaban en el fondo un recipiente que después se extraía para arrojar el contenido. Había unos valets de chambre especiales a los que se llamaba chevaliers porte-coton (caballeros porta-algodones), encargados de llevar el algodón con el que se limpiaba después el rey. Se podía elegir otro material, pero no existía el papel higiénico. Lo más popular era algodón y lino. Había muchas alternativas: por ejemplo, Richelieu empleaba el cáñamo, mientras que madame de Maintenon prefería la lana merina. Duele decir esto, pero los intelectuales se servían de sus documentos o arrancaban páginas de libros, y como dijo el poeta Mathurin Régnier unas décadas antes, en el peor de los casos “il reste toujours les doigts” (siempre quedan los dedos).

El gesto de limpiarse, por supuesto, sí que era totalmente privado, aunque parece que había excepciones, porque hay una anécdota al respecto sobre Alberoni y el duque de Vendôme. En una ocasión el duque fue lo bastante grosero para limpiarse en presencia del italiano, y éste, decidido a agradarle del modo que fuera para sacar adelante el cometido que le habían encargado, ante esta desconcertante visión no se le ocurrió otra cosa que exclamar: “ Oh, che culo d’angelo!”. Creo que no hace falta decir que ese genio de la diplomacia que fue Alberoni triunfó en su misión.

Alberoni

El 17 de diciembre 1670 le fue concedido a Joseph Fasquelle el cargo de porta-chaise d’affaires de la cámara del rey, vacante por la muerte de su padre, Maximilien Fasquelle. El difunto había adquirido el cargo por 20.000 libras, y su sueldo era de 600. Vestido de terciopelo, sombrero en mano y espada al cinto, su misión era la de “ocultar las últimas miserias a las que la naturaleza nos somete”, es decir, de evacuar el contenido, que solía ser inspeccionado antes por un médico.

Aparte de estas sillas, Luis tenía también silla hidráulica, conectada a un depósito. Estos aparatos, antepasados de los modernos inodoros, desaguaban en fosas sépticas drenadas periódicamente (olvídense del alcantarillado), y se encontraban en pequeños gabinetes próximos a los cuartos de baño. Como anécdota, en una ocasión un historiador confundió uno de estos gabinetes con un confesonario. El hombre, al ver sobre un plano la inscripción “cabinet de la chaise”, pensó que se refería al padre La Chaise, confesor del rey.

Es de señalar que desde Luis XIII había también letrinas públicas y pots de chambre (orinales) para la habitación. Bourdaloue fue el nombre que recibieron a finales del XVII y principios del XVIII unos pequeños orinales ovales en el fondo de los cuales había pintado un ojo rodeado de leyendas procaces. Sin duda se los denominó así en alusión a las confidencias de todas clases que recibía el famoso predicador jesuita Louis Bourdaloue en su calidad de confesor de las damas de la corte. Aunque alguno ha sugerido que el sentido dado a la palabra podría deberse a que los sermones del jesuita en la iglesia de la rue Saint-Antoine eran tan largos que las damas, por precaución, acudían provistas de uno de estos utensilios, y, al no llevar culotte, eran fácilmente utilizables con discreción.

Bourdaloue

Tampoco era difícil encontrar servidores que proporcionaran pots à pisser cuando la necesidad apremiaba. Luis XIV tenía uno de plata para sus viajes, igual que Mazarino.

Pero ¡ay!, a veces nada era suficiente para tanta gente; la necesidad apremiaba demasiado y había que orinar en la esquinita de una escalera poco frecuentada. Y ya puestos, hasta hacer algo peor alguna vez.

Hombre, seamos justos, tampoco es que fuera lo habitual. Lo normal en estos casos era abandonar el recinto… si daba tiempo. La Princesa Palatina cuenta que en uno de los castillos reales, no recordaba bien si era en Compiègne, había pocas chaises d’affaires, de modo que " todo el mundo salía del castillo e iba bajo los árboles a aliviarse en presencia de los soldados de la guardia”.


Tengo la impresión de que después de esta delicia no me van a disputar mi trozo de pastel de cumpleaños.

lunes, 22 de marzo de 2010

La infancia de Catalina de Médicis (II)

Catalina de Médicis

Un grupo de magistrados y soldados se presenta un atardecer ante el convento de las Murate y amenazan con asaltarlo y demolerlo ante la negativa de las monjas de entregar a Catalina de Médicis. Aterradas, las religiosas obtienen la concesión de un día para cumplir con sus exigencias, y Catalina, aunque pensaba que deseaban sacarla de allí para asesinarla, da pruebas de un valor y un ingenio poco comunes en una niña de 11 años: corta sus cabellos y viste el hábito de novicia, y así, como virgen intocable, se presenta ante sus captores a la mañana siguiente.

Quienes venían a buscarla intentan convencerla de que cambie sus ropas, pero ella se niega:

—Iré de este modo, para que todo el mundo vea cómo se arranca a una religiosa de su convento.

Clarice Strozzi

Y así atraviesa la ciudad a caballo, con su hábito y escoltada por los magistrados y un grupo de ciudadanos armados. De ese modo llegó hasta el convento de Santa Lucía, donde permaneció hasta el final del asedio.

Esto sucedía en julio de 1530. Poco después los Médicis recuperaban el poder. Clemente envía a buscarla y Catalina regresa a Roma con el ánimo fuertemente impresionado por todos esos acontecimientos. Nunca olvida ni los gestos de ternura ni las ofensas recibidas. En ella anida un rencor que ya ha aprendido a disimular, igual que la cólera; pero también sabe ser agradecida con quien en algún momento la ayudó. Por eso influye para salvar la vida de Salvestro Aldobrandini, que a pesar de que debió cumplir con el deber que se le encomendó, se mostró bondadoso con ella. Toda su vida recordó con afecto a las monjas de Murate, y cuando las circunstancias se lo permitieron hizo la fortuna de los hijos de Clarice Strozzi, la mujer que la había cuidado durante su infancia.

Hipólito

En Roma vuelve a vivir con Hipólito y Alejandro, esta vez en el palacio Madama, hoy sede del Senado. Por primera vez vive una vida de fiestas y lujos. Sus preferencias, por supuesto, se orientan hacia el maravilloso Hipólito, tan cultivado, que toca varios instrumentos musicales, compone versos y traduce La Eneida del griego. Es probable que fuera su primer amor, si bien nada parece indicar que fuera correspondida. Él hubiera sido el gobernante ideal para Florencia, pero el Papa, cegado por el cariño a su propio bastardo, finalmente cae en la tentación de elegir a Alejandro. Para alejar a Hipólito e impedir que le haga sombra, lo nombra legado papal en el ejército que el emperador reúne en Hungría para luchar contra los turcos. Años más tarde Hipólito muere en extrañas circunstancias, y se habló de envenenamiento.

Alejandro fue declarado duque perpetuo y hereditario de la república florentina. Catalina se había prestado dócilmente a la voluntad de Clemente, que preparaba para ella una magnífica recompensa: su boda con el segundo hijo del rey de Francia. Como Francisco I tenía en mente la conquista de Génova y Milán, le ofrece esta alianza, que no podía ser mejor acogida por el Papa. Clemente da su consentimiento en junio de 1531 por medio de un tratado que ha de permanecer en secreto.

Alejandro

Ella vive entonces en el antiguo palacio de la Vía Larga, al cuidado de Ottaviano de Médicis y María Salviati, viuda de Juan de las Bandas Negras. Tiene 13 años cuando Vasari recibe el encargo de pintar un retrato suyo para enviar a su prometido, Enrique de Valois. El pintor escribe a un amigo suyo elogiando sus cualidades, su capacidad de afecto, su inmenso amor por Florencia, y confiesa la adoración que ha despertado en él.

Catalina poseía la formación habitual en mujeres de alto rango de su época, ya que durante el Renacimiento se consideraba que la inteligencia de las mujeres debía desarrollarse de forma similar a la de los hombres, y que el mejor modo en ambos casos era el estudio de los clásicos. Tenía a su disposición una de las mejores bibliotecas de la época, y el arte ejercía sobre ella una enorme fascinación.

La niña que un día abandonó Florencia para navegar hacia Francia estaba preparada para ser la duquesa de Orleáns, pero nadie podía imaginar entonces que se convertiría en reina. A bordo del navío que la conduce rumbo a su nuevo destino se despide en silencio de su infancia, de su amada tierra, que nunca volverá a ver. En los cofres lleva el rico ajuar que el duque Alejandro le ha proporcionado para que entre dignamente en la corte francesa. Se va con pena, pero también con ilusión, con la esperanza de conquistar el amor de Enrique de Valois.

domingo, 21 de marzo de 2010

La infancia de Catalina de Médicis


Catalina María nació en Florencia en 1519. Tenía unos pocos meses cuando su abuela, Alfonsina Orsini, la lleva a Roma. La niña ya era por entonces todo un personaje, puesto que su padre había fallecido dejándole en herencia el ducado de Urbino.

Al ser hija de Madeleine de la Tour d’Auvergne, también fallecida apenas traerla al mundo, el rey de Francia, Francisco I, reclama la tutela de “la duquesita”, como solía llamarla. Pero el Papa León X, un Médicis, hijo de Lorenzo el Magnífico, no tenía la menor intención de poner al alcance de los franceses un nuevo punto de apoyo en Italia.

Madeleine de La Tour d'Auvergne, madre de Catalina

Los ejércitos aliados del Imperio y el Papado se apoderan de Milán en noviembre de 1521, aunque poco tiempo tiene León X para celebrarlo, porque muere apenas un mes después y es sucedido por Adriano de Utrecht, antiguo preceptor del emperador Carlos V. Adriano despoja a Catalina del ducado de Urbino para entregárselo a quien en realidad era su legítimo señor: Francesco María Della Rovere. La niña conserva el título, pero no el dominio.

Catalina conoció durante su infancia la desolación de ir perdiendo a todos sus parientes. Primero sus padres, a los que no llegó a conocer; poco después su abuela y su tío abuelo León X. Dos mujeres de la familia se hacen cargo de ella entonces: Lucrecia, casada con el banquero Jacobo Salviati, y Clarice, esposa de Felipe Strozzi. En Roma es educada en compañía de otros dos niños Médicis, ambos bastardos: Hipólito, hijo de Giuliano y nacido en 1511, y Alejandro, del que se afirma que es hermanastro de Catalina, pero no es cierto. Todo es una cortina de humo para tratar de ocultar que en realidad es hijo del cardenal Giulio y de una mora, como denotan sus rasgos negroides y su pelo rizado. Alejandro no es intelectualmente brillante, al contrario que el seductor Hipólito.

León X

La infancia de Catalina se vio constantemente trastornada por guerras, revueltas y crímenes. Se educa en un nido de víboras en el que contempla todas las monstruosidades de la lucha por el poder, episodios que impresionaron su ánimo infantil con una huella indeleble.

Adriano fallece al cabo de apenas año y medio de pontificado y otro Médicis le sucede: el cardenal Giulio, que se convertirá en Clemente VII. Clemente tiene planes para ella: Catalina es la última descendiente legítima de Lorenzo el Magnífico, pero en Florencia el gobierno les está vedado a las mujeres. ¿Por qué, entonces, no casarla con Hipólito? Aún es demasiado pronto: la niña sólo tiene 5 años, pero por el momento lleva a Hipólito a Florencia para que aprenda los entresijos del gobierno y se haga aceptar.

Clemente VII

Pronto el Papado pasará por una de las experiencias más terribles: el saqueo de Roma. En 1527 el ejército imperial destacado en Italia, amotinado porque los soldados no recibían su paga, se dirigen a Roma para resarcirse. Toman la ciudad al asalto y el Papa permanece recluido en el castillo de Sant’Angelo. Los florentinos aprovechan la ocasión para rebelarse y expulsan a Hipólito y a Alejandro. Clarice Strozzi se lleva entonces a Catalina a la villa de Caggiano, donde estima que estará más a salvo.

El Papa y el emperador se reconcilian y pactan la boda de Alejandro con Margarita de Austria, bastarda de Carlos V. Las tropas del pontífice se unen a las del emperador y comienza el asedio a Florencia. Catalina se encuentra ahora en el convento de Santa Lucía, adonde la han trasladado los enemigos de su familia. En 1528 muere también Clarice Strozzi y el embajador de Francia logra que los sublevados den permiso para alojarla en la comunidad de las Murate, monjas de clausura de gran prestigio y que además eran favorables a los Médicis. Las hijas de las más nobles familias florentinas se educaban allí.

Carlos V

La niña conquista por completo a las monjas con su simpatía, su inteligencia y la gracia de sus modales. Esto hizo que se atrevieran a enviar a los Médicis encarcelados cestas de frutas y dulces exquisitos, con flores dispuestas de tal manera que representaban las seis bolitas heráldicas y las flores de lis del escudo de la familia. Recordemos, por cierto, que los antepasados de los Médicis habían sido boticarios, por lo que las bolitas representaban píldoras. Además, a la muerte de Cosme el Viejo en 1461, el rey de Francia había concedido a su hijo el derecho de añadir tres flores de lis al blasón.

Estos regalos desataron las iras de sus enemigos. Algunos hablan de asesinar a Catalina, o de exponerla en lo alto de las murallas al ataque de las tropas. Otros sugieren meterla en un prostíbulo. Por el momento, y sabiendo que el rey de Francia y el Papa planeaban su evasión, deciden encerrarla en el convento de Santa Lucía.


Continuará


viernes, 19 de marzo de 2010

Arturo de Bretaña y Juan sin Tierra

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Juan sin Tierra ofrece su reino a San Pedro

A la muerte de Ricardo Corazón de León, Juan Sin Tierra fue coronado el 27 de mayo de 1199 en la Abadía de Westminster, en perjuicio de su sobrino Arturo de Bretaña, hijo del fallecido Godofredo, un hermano mayo de Juan. No había entonces una ley que tuviera prevista esta situación. En opinión de muchos, Arturo, un niño de 12 años por entonces, tenía mejor derecho a ceñir la Corona de Inglaterra, y de hecho fue el designado por el propio Ricardo como sucesor antes de partir a la Cruzada. Para otros, en cambio, Juan tenía un parentesco más estrecho que Arturo con el último rey, y lo lógico era que el sucesor fuera el hermano antes que el sobrino.

En Inglaterra Arturo no contó con muchos apoyos: el niño no había estado nunca en la isla, se educó en la corte de Francia y sólo hablaba francés. Juan, al menos, era un hombre hecho y derecho, y capaz de hablar el lenguaje del pueblo además del francés. Normandía, Aquitania y Poitou también aceptaron a Juan. Pero en Maine, Turena y Anjou apoyaban a Arturo.

Felipe Augusto, el rey de Francia, vio ahí la ocasión de cobrar ventaja sobre los ingleses. Hubo un tiempo en que los Plantagenet habían amenazado con devorar a los Capeto, pero por fin había llegado el momento de echar un pulso a los poderosos monarcas ingleses. Se daba la circunstancia más propicia y se sentaba en el trono de Francia el monarca más adecuado para llevar a cabo la empresa.

Coronación de Felipe Augusto

Felipe Augusto, en efecto, había encontrado un punto débil. Era preciso apoyar la causa de Arturo, no por justicia ni por simpatía, sino porque el niño era un juguete en sus manos y podía convertirlo en la más poderosa de sus armas. Con el pretexto de defender los intereses de Arturo, el rey de Francia invadió Normandía y colocó guarniciones en Anjou, Maine y Turena. Entre ambos reyes estalló una guerra que se prolongó durante 8 meses, y luego se firmó un armisticio. Felipe Augusto abandonó a Arturo, que tuvo entonces que rendir homenaje a Juan por el ducado de Bretaña.

Pero el asunto no terminaría ahí para el rey de Inglaterra, debido a un imprevisto revés. Resulta que Juan se divorció de su esposa Hadwisa con la excusa de la consanguinidad, porque “se veía atrapado por ese desesperado arrebato de pasión mal llamado amor que los tiranos, fueran Plantagenet o Tudor, reclamaron el privilegio de satisfacer a toda costa, por encima del honor o la decencia”. Mientras estaba en Aquitania, Juan había visto a Isabela de Angulema, la hermosa prometida de Hugo de Lusignan, conde de La Marche, e imprudentemente se casó con ella.

El problema es que Hugo no se conformó con el expolio del que era objeto, y levantó una insurrección contra Juan en el Poitou y en Aquitania. El rey trajo un ejército que en apariencia era demasiado poderoso para que el conde pudiera resistir, pero Hugo había pactado en secreto con el rey de Francia, convertido en su aliado. Juan Sin Tierra comenzó entonces a perder sus posesiones continentales.

Batalla de Bouvines

En 1202 Felipe Augusto da otra vuelta de tuerca y vuelve a utilizar a Arturo en beneficio propio, haciendo que se declare vasallo suyo. Constanza, la madre del príncipe, había muerto, y el rey de Francia envió al joven, ahora de 15 años, al frente de la insurrección contra Juan.

Leonor de Aquitania, madre de Juan y abuela de Arturo, se encontraba en Mirabeau, cerca de Poitiers. Arturo, con su pequeño ejército, marchó contra su abuela con intención de apresarla, puesto que Leonor siempre se había opuesto a sus pretensiones. La reina se refugió en la ciudadela y pidió auxilio a su hijo mientras el ejército de Arturo la sitiaba. Juan llegó pronto al frente de un poderoso ejército, y entonces fue Arturo quien cayó prisionero junto con 200 caballeros de los suyos.

Sobre el destino de Arturo se cierne el misterio. El único cronista de la época es Wendover. Otros posteriores aportan detalles dudosos e imperfectos sobre su muerte. Uno de ellos cuenta que Huberto de Burgh, el guardián del castillo de Falaise en el que el príncipe se hallaba encarcelado, recibió el cometido de sacarle los ojos, y Shakespeare se encargó de inmortalizar la leyenda.

Según algunos autores, Arturo fue trasladado desde Falaise a Rouen bajo la custodia de William de Braose. Uno de ellos afirma que entonces desaparece su rastro. Eso sucede en abril de 1203. Leonor de Aquitania habría aconsejado a su hijo que hiciera las paces con Arturo, para lo cual Juan se dirigió a Rouen con intención de mantener una entrevista con él. El joven habría adoptado entonces una actitud altiva y desafiante que encolerizó al rey. Los anales de Margam narran lo siguiente:

Castillo de Falaise, Normandía

“Después de que Juan hubiera capturado a Arturo y lo mantuviera con vida en prisión durante algún tiempo, finalmente, en el castillo de Rouen, después de la cena del jueves anterior a Pascua, estando ebrio y poseído por el diablo, lo apuñaló por su propia mano, y atando una pesada piedra al cadáver lo arrojó al Sena. Fue descubierto por un pescador que lo atrapó en su red, y tras arrastrarlo a la orilla y ser reconocido, se lo llevaron en secreto, por temor al tirano, al priorato de Bec llamado Notre Dame de Pres, para ser enterrado”.

Tal vez el relato no sea cierto. Sin embargo, poca duda puede haber de que fue asesinado, si no por la propia mano de Juan, sí al menos por orden suya. Parece que el rey trató a los que fueron hechos cautivos en Mirabeau con una crueldad poco compatible con los tiempos de la caballería. Al fallecer Leonor de Aquitania en 1208 Juan decretó una amnistía general, pero exceptuó de ella a los prisioneros hechos durante esa guerra.

Muchos años después la esposa de William de Braose acusó a Juan de haber asesinado a Arturo. Ella y su hijo mayor fueron encarcelados hasta morir de hambre.

El ducado de Bretaña pasó a manos de la hermanastra de Arturo, Alix de Thouars, casada con Pedro de Dreux, el primer gobernante bretón de la Casa de Dreux.

Resulta interesante señalar que a pesar de que hubo algunos príncipes llamados Arturo, ninguno de ellos llegó a ser rey. El único Rey Arturo aún el día de hoy se refiere al legendario soberano de Camelot.

Nuevo premio


Madame Amatista y Madame Noa, del blog Pensamientos, fantasías, magia y algo más, vuelven a honrarme con esta distinción llena de cariño y buenos deseos. Para mí es un orgullo formar parte de los cinco blogs a los que podían entregar este premio, cuando tenían literalmente cientos entre los que elegir.

Mis queridas amigas, les estoy muy agradecida por su generosidad para conmigo. ¡Muchas gracias!

jueves, 18 de marzo de 2010

Sir Walter Raleigh, corsario y aventurero

Sir Walter Raleigh

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Walter Raleigh era el hijo de un granjero del sureste de Inglaterra. Tuvo dos hermanastros por parte de su padre, y otros dos por la de su madre, además de un hermano mayor llamado Carew y una hermana llamada Margery. Pero poco es lo que se sabe acerca de su infancia. Ni siquiera se puede precisar el año de su nacimiento, aunque se cree que fue entre 1552 y 1554. Probablemente pasaba su tiempo cazando, pescando y ayudando en la granja.

Cuando tenía unos 14 años él y un primo suyo se marcharon a combatir al lado de los hugonotes en las guerras que asolaban Francia. Posteriormente, en 1572, lo encontramos estudiando en la universidad de Oxford. Le gustaban los libros y las ciencias, pero no terminó sus estudios, sino que prefirió viajar a Londres, donde esperaba conocer gente importante que le ayudara a progresar.

Su hermanastro Hunphrey Gilbert también vivía en Londres. En junio de 1578 la reina Isabel concedió a Humphrey el derecho a explorar nuevas tierras y a reclamarlas para Inglaterra, dándole patente de corso, es decir, el permiso para atacar barcos y poblaciones de países enemigos.

Walter tenía unos 24 años cuando se hizo a la mar en uno de los barcos de su hermano con el objetivo de capturar galeones españoles. Fuertes vientos obligaron a regresar a parte de la flota, pero Walter continuó hasta encontrarse con varios barcos españoles. Comenzó una batalla en la que los ingleses llevaron las de perder. El barco de Walter resultó muy dañado, y la mayoría de sus hombres perdieron la vida, pero él tuvo la suerte de poder volver a casa.

Walter como corsario

Decidió entonces abandonar la piratería y probar suerte de otro modo: Inglaterra tenía colonias en Irlanda. Para poner en marcha esas colonias, habían despojado de sus tierras a la gente que llevaba siglos viviendo allí, pero los irlandeses no se resignaban y estaban decididos a expulsar a los ingleses. En 1580 Walter navegó rumbo a Irlanda para combatir por Inglaterra.

Una vez allí, Walter y sus hombres fueron atacados junto a un río. Él logró cruzarlo, pero su amigo Henry Moyle fue hecho prisionero. Rápidamente Walter regresó al río y combatió contra los captores hasta que llegaron más ingleses al rescate. Su arrojada acción lo había convertido en un héroe.

Cuando regresó a Londres en 1581 estaba ansioso por destacarse en la corte. Era guapo, encantador y muy ingenioso: exactamente la clase de hombre capaz de atraer la atención de la reina. Según un famoso relato, se encontró con la reina cuando Isabel iba caminando sobre tierra mojada, y entonces Walter arrojó su capa al suelo para que pisara sobre ella. Otro relato cuenta que utilizó un diamante para rayar con él un mensaje en una ventana expresando sus deseos de servirla.


Sobre su ingenio se dice que una vez apostó con la reina a que podía decirle cuánto pesaba el humo. Para demostrarlo pidió una balanza, pesó el cigarro y luego empezó a fumarlo haciendo que la ceniza se fuera depositando sobre el platillo de la balanza. Cuando terminó, explicó a los presentes que la diferencia entre el peso del cigarro y el de la ceniza era precisamente el del humo. Lo cual, se non è vero, è ben trovato. Y, por cierto, se dice que fue precisamente él quien introdujo el tabaco en Inglaterra, el 27 de julio de 1586.

La reina no olvidó a Walter y le otorgó grandes mercedes: fue capitán de la guardia real, se le concedió la recaudación de impuestos de vinateros y mercaderes de lana, quedándose él con una parte. Le permitió, además, vivir en una mansión llamada Durham House. A cambio, Walter escribía poemas en su honor.

Llevaba una buena vida; tenía muchos amigos y dinero con el que pagar los buenos trajes y demás lujos que se permitía. Incluso pudo financiar el siguiente viaje de Humphrey. Pero desgraciadamente su hermano se perdió en el mar y nunca regresó. Walter solicitó entonces de la reina el mismo honor que había concedido a su hermano: el derecho a reclamar nuevas tierras. Navegó entonces a Sudamérica. Él quería encontrar el mítico El Dorado, por lo que participó en una expedición al Orinoco. En 1584 ayudó a fundar la primera colonia inglesa en el Nuevo Mundo y la llamó Virginia en honor a Isabel, la Reina Virgen.

Cayó en desgracia en 1592, al descubrirse que había seducido a una de las damas de la reina, Elizabeth Throckmorton, con la que se había casado en secreto. Ambos esposos fueron encerrados en la Torre. Pero pronto recuperó el favor real.

Sir Walter Raleigh y su hijo

Fue elegido miembro del Parlamento varias veces, y en 1600 obtuvo el nombramiento de gobernador de Jersey. Durante la guerra con España participó en el saqueo de Cádiz, resultando herido en una pierna durante la campaña. Dicen que Sir Walter Raleigh tuvo mucho que ver con la ejecución de Essex, porque le disputaba el amor de la reina y por ello intrigó para que su rival fuera condenado a muerte.

Cuando llegó Jacobo I al trono, la suerte de Walter cambió. Acusado de participar en una conspiración, fue encarcelado durante 12 años, en el transcurso de los cuales aprovechó para escribir. Nos legó, entre otras obras, una Historia del Mundo.

Al recuperar su libertad dirigió una expedición a Guyana con el propósito de apoderarse de unas minas de oro. Inglaterra estaba entonces en paz con España, y Walter tenía órdenes expresas de evitar todo enfrentamiento con los españoles. Hizo todo lo contrario, atacándolos donde los encontró, por lo que fue detenido y acabó siendo decapitado en Whitehall en 1618. Su esposa enterró el cuerpo pero hizo embalsamar su cabeza y la conservaba en una bolsa de piel roja.